Hambre, de Sitisiri Mongkolsiri (2023)

 

Con demasiada frecuencia, lo que triunfa en Netflix es basura. No es el caso de Hambre, thriller tailandés sobre el mundo rapaz de la alta cocina. Es una película consistente, con una fórmula eficaz, que combina de manera armoniosa la necesidad comercial y el sentido artístico.

La cinta reivindica una identidad híbrida, de un tipo de cine (con componentes de terror, de cine social y psicológico) al que nos tienen acostumbrados Japón y Corea del Sur.

El trasfondo, es el capitalismo violento de ese país del sudeste asiático, uno de los tigres.

Un chef de alto vuelo se dedica a cocinar los platos más estrafalarios para un público poderoso y riquísimo, urgido de “experiencias” gastronómicas. Ofrece banquetes excepcionales, que cuestan una millonada y que animan concilios oficiosos entre las esferas de poder.

El chef Paul, hombre implacable y sin concesiones, se exige y exige a su tropa el nivel más alto de compromiso profesional, que en su lenguaje significa subordinación total a su autoridad.

Al irse uno de sus cocineros, Paul se ve en la necesidad de reclutar a un nuevo elemento. Su mano derecha, otro cocinero extraordinario, recluta a una joven talentosa que tiene las maneras para llegar muy lejos. El recurso es previsible; ella encarna otra visión de la cocina. Rivalizan. Se enfrentan.

La cocina es el terreno de batallas diversas donde se chocan diferencias generacionales y de género.

Hambre, enfatiza en el descontrol de la élite, que amenaza con aplastar la cultura de un país riquísimo en historia y tradiciones. También es una cinta sobre la dictadura de la imagen y la moda, que se imponen por encima de cualquier criterio real de calidad gastronómica.  

Resuena la mala fama del mundo de la alta gastronomía, donde se trasgreden principios y saberes para satisfacer las extravagancias y caprichos de una clientela forrada en dinero, aburrida de los gustos mundanos.

La historia transcurre en Bangkok, pero podría ser Moscú, Londres o Abu Dabi.

El concepto de hambre es empleado en su riqueza polisémica.

El hambre de los ricos por vivir nuevas experiencias.

La falta de hambre como motor para destruir la cultura.

El hambre entendida como ambición y rencor social. Hambre de gloria, de dinero, de notoriedad.

El personaje de Paul es a la vez creíble y exagerado. Es un sujeto herido, que justifica y alimenta su dureza por medio de un personaje que se lo ha terminado tragando. Detrás de su máscara, deambula un hombre perdido en el laberinto de su propio talento (el poder sabe servirse a la perfección de los talentos extraviados).

La joven, por su lado, defiende los valores populares y familiares de la cocina.  

La historia es maniquea, pero también expone un dilema real.

La cocina es una extensión de los enfrentamientos ideológicos, y, sobre todo, es un parámetro de la situación socio-cultural, educativa, política y económica de un país.

Es un medidor democrático mayor e ignorado deliberadamente.

Impedirle a un pueblo la posibilidad de alimentarse bien es una manera eficaz de tenerlo sometido, de convertirlo en un consumidor inconsciente y desaforado.

No tardará en aparecer la versión estadounidense.




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