En política hay dos frentes de batalla, en
el primero, se definen los derroteros morales y éticos de un país. En el
segundo, se disputan los intereses.
En América Latina, que ha sido esencialmente
un continente gobernado predominantemente por fuerzas ultra conservadoras, la
Izquierda se arrogó la tarea de dar la batalla ética, a partir de su presencia
en el tejido social, desde donde ha combatido la destrucción sistemática de los
derechos y la negación de la ciudadanía.
La Izquierda no ha sido el único actor
contra las fuerzas reaccionarias, en la historia del continente, figuras claves
de la política vernácula, como Alfonsín, Luis Carlos Galán o Lázaro Cárdenas, por
citar viejos ejemplos, les dieron una dirección a sus países, conteniendo las
avanzadas más conservadoras.
Durante tres cuartos de siglo y en algunos
casos más, desintegrada, perseguida, en el exilio o bajo tierra, la Izquierda (en
su espectro más amplio) fue galvanizando sus acciones y sus discursos a partir
de puntos convergentes, centrados en la construcción de sociedades menos
injustas y más igualitarias.
Inhabilitados para llegar de maneras
democráticas, debido a la represión, el terrorismo de Estado o las campañas
anticomunistas, su impacto aumentaba y decrecía proporcional a los fracasos sociales
producidos por los poderes reaccionarios.
En partidos minoritarios, en guerrillas, en movimientos urbanos y agrarios, a través de pastorales, la Izquierda se alimentaba de modelos, como el soviético, el cubano, el chino, el vietnamita, haciendo eco de una respuesta con ecos internacionalistas al imperialismo estadounidense.
De manera más marginal, también cogía
forma a partir de la realidad de las experiencias regionales, que ponían a
prueba la flexibilidad de los focos urbanos. Experiencias regionales que se
enfrentaban con frecuencia contra los muros de los dogmas, porque exigían
soluciones y problematizaban de maneras que se escapaban de las líneas partidistas
e ideológicas. De ahí, todos lo sabemos, derivaron fracasos monumentales.
Aunque cada contexto se diferenciaba
notablemente, se fue creando un espectro de Izquierda Latinoamericana, que pivoteaba
alrededor de una cultura, una simbología y afinidades ideológicas comunes.
En un punto de la historia, la Izquierda
en el continente era profundamente antimilitarista y tenía como objetivo
principal, la necesidad de reparar y no olvidar la memoria de los períodos del
terror.
Las guerras sucias y las dictaduras la
pusieron en ventaja para ganar batallas políticas en el campo de la ética, donde
se estableció como prioridad, la construcción de sociedades democráticas, que debían
llevar a cabo procesos de repartición de la tierra y justicia social.
Fue durante estos procesos (dolorosos y
también destructivos) que se forjaron los mejores intelectuales que ha habido
en el continente, muchos, con destinos fatales como Ignacio Ellacuría o Rodolfo
Walsh, entre muchos otros.
Cuando finalizaron las guerras sucias y
los gobiernos represores y genocidas comenzaron a ser cuestionados de manera
más oficial, se abrieron grietas que dieron lugar a formas limitadas, pero
fuertemente simbólicas de reparación y de justicia.
Si bien, con muy pocas excepciones, se
concluyó con condenas firmes, se lograron triunfos de orden moral, que dieron
la ilusión de que los sistemas podían cambiar.
La obtención de victorias simbólicas, quitó
poder y credibilidad política a la Derecha (no perdieron su influencia
económica ni el monopolio de la fuerza estatal), pero, a decir verdad, desgarró
más a la Izquierda.
Las memorias del fuego, siguieron quemando
a las víctimas y consecuentemente, transformando a sus actores, cuyas secuelas
trascendían a los individuos y aparecían como cicatrices en los nuevos movimientos
sociales.
La aproximación al poder, el crecimiento
exponencial de los movimientos de Izquierda, irremediablemente, empezó a
desplazar su interés en ganar las batallas éticas, para combatir, a veces con
las mismas armas, en el terreno de la Realpolitik.
Transformados en organizaciones
electorales grandes, con posibilidades auténticas de ganar, transigieron. ¿Había
otra salida para ganar? ¿Podía ganar el obradorismo sin el apoyo de Carlos
Slim? ¿Podía la Revolución Nicaragüense disociarse de los Pellas? ¿Era posible
que Venezuela erradicara el narcotráfico dentro de su gobierno? ¿Podía Cuba
dejar de ser un Estado Policial?
Si la idea es preservar el poder, es probable
que no.
Sin embargo, el idealismo, legítimo, con
errores, por supuesto, se fue diluyendo, o lo que es peor, instrumentalizando.
La Izquierda se retiraba de sectores que
antes habían sido su base, y los narcos, las iglesias evangélicas, se fueron
implantando y promoviendo su ideología.
De la misma manera se fue descuidando el
terreno de la semántica, dejándose arrebatar conceptos como Democracia,
Libertad (conceptos recuperados cada vez más por la Derecha), o Libertad de
Prensa, por no hablar de Cultura, Arte…
Mientras tanto, se forjaban maquinarias
electorales funcionales y grandes, donde se extraía lo peor de la ideología, es
decir, el dogmatismo, la fidelidad acrítica del poder, la jerarquía, la ceguera,
el sectarismo, el terror a la crítica.
En efecto, la derechización social, el
poder del dinero, la injerencia, la mafia, el abandono de demandas importantes,
la misma militarización, diferente a la de antes, pero igualmente perniciosa,
ha impedido que la Izquierda pueda avanzar, sin embargo, ella sola ha abandonado
la batalla por la ética, que implica, como responsabilidad política, una
renovación de las ideas, y la toma de riesgos para poder asumir y defender
posiciones.
Hay una realidad que cuesta admitir, y es
que, los movimientos de Izquierda, durante su proceso de sobrevivencia, fueron
inoculados de rencor, de confusión, de odio.
Mientras se han ido asentando, y ganando
terreno, fueron destruyendo su propia masa crítica, y perdiendo la capacidad
para distinguir los movimientos de la Historia, reconocer sus errores (para
mejorar), y discernir qué debe evolucionar y qué debe preservarse o
recuperarse.
Por esa razón, José Mujica fue un
parteaguas. Porque entendió que su verdadero rol como líder de Izquierda era
promover una ética. No pretendió más. Ni dar lecciones, ni querer ser lo que
no era. Se dio a respetar en el mundo
entero, incluso por sus antagonistas, que también se aprovechan de su figura
para lavarse las manos. De hecho, todo mundo se lavó las manos con Mujica. Y él
lo sabía y lo aceptaba como un estoico, porque, ante todo, era eso, una figura
filosófica, poética, lo que no le impedía ser un político capaz de batallar en
diferentes terrenos.
Pero hay que ser honestos en algo, Mujica
también brilló por la mediocridad de los demás. Y de nuevo, él lo decía. Denunciaba,
con ironía y humor, que era admirado por su supuesta austeridad, que convertían en virtudes características normales, como la modestia, la honradez,
la corrección política. De hecho, se volvió una suerte de “héroe” por no
tener ambiciones de dinero, por conducir su mismo Volkswagen Sedan de 1987, por
no querer quedarse más tiempo en la presidencia, por dimitir de su cargo como
senador, cuando se dio cuenta que ya estaba demasiado mayor para responder con
responsabilidad.
No era ningún santo, ni una figura
celestial, Pepe Mujica no fue ni más ni menos que un hombre de Izquierda, con
convicciones, y de paso, agnóstico y que jamás, por cálculo político, se le
ocurrió persignarse o alzar las manos al cielo para complacer a los católicos o
evangelistas.
Descanse en paz.

un extraordinario necesario artículo
ResponderEliminarExcelente trabajo.
ResponderEliminarMuchas gracias.
ResponderEliminarFelicidades, un excelente trabajo y un gran reconocimiento
ResponderEliminarMuchas gracias
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