Con demasiada frecuencia, lo que triunfa en Netflix es basura. No es el caso de Hambre, thriller tailandés sobre el mundo rapaz de la alta cocina. Es una película consistente, con una fórmula eficaz, que combina de manera armoniosa la necesidad comercial y el sentido artístico.
La cinta reivindica
una identidad híbrida, de un tipo de cine (con componentes de terror, de cine
social y psicológico) al que nos tienen acostumbrados Japón y Corea del Sur.
El trasfondo, es
el capitalismo violento de ese país del sudeste asiático, uno de los tigres.
Un chef de alto
vuelo se dedica a cocinar los platos más estrafalarios para un público poderoso
y riquísimo, urgido de “experiencias” gastronómicas. Ofrece banquetes
excepcionales, que cuestan una millonada y que animan concilios oficiosos entre
las esferas de poder.
El chef Paul, hombre
implacable y sin concesiones, se exige y exige a su tropa el nivel más alto de
compromiso profesional, que en su lenguaje significa subordinación total a su
autoridad.
Al irse uno de sus
cocineros, Paul se ve en la necesidad de reclutar a un nuevo elemento. Su mano
derecha, otro cocinero extraordinario, recluta a una joven talentosa que tiene
las maneras para llegar muy lejos. El recurso es previsible; ella encarna otra
visión de la cocina. Rivalizan. Se enfrentan.
La cocina es el
terreno de batallas diversas donde se chocan diferencias generacionales y de
género.
Hambre, enfatiza en el descontrol de la élite, que amenaza con aplastar la
cultura de un país riquísimo en historia y tradiciones. También es una cinta
sobre la dictadura de la imagen y la moda, que se imponen por encima de
cualquier criterio real de calidad gastronómica.
Resuena la mala
fama del mundo de la alta gastronomía, donde se trasgreden principios y saberes
para satisfacer las extravagancias y caprichos de una clientela forrada en
dinero, aburrida de los gustos mundanos.
La historia
transcurre en Bangkok, pero podría ser Moscú, Londres o Abu Dabi.
El concepto de hambre es empleado en su riqueza
polisémica.
El hambre de los ricos por vivir nuevas
experiencias.
La falta de hambre como motor para destruir la
cultura.
El hambre entendida como ambición y rencor
social. Hambre de gloria, de dinero,
de notoriedad.
El personaje de
Paul es a la vez creíble y exagerado. Es un sujeto herido, que justifica y
alimenta su dureza por medio de un personaje que se lo ha terminado tragando. Detrás
de su máscara, deambula un hombre perdido en el laberinto de su propio talento (el
poder sabe servirse a la perfección de los talentos extraviados).
La joven, por su
lado, defiende los valores populares y familiares de la cocina.
La historia es
maniquea, pero también expone un dilema real.
La cocina es una extensión
de los enfrentamientos ideológicos, y, sobre todo, es un parámetro de la
situación socio-cultural, educativa, política y económica de un país.
Es un medidor
democrático mayor e ignorado deliberadamente.
Impedirle a un
pueblo la posibilidad de alimentarse bien es una manera eficaz de tenerlo
sometido, de convertirlo en un consumidor inconsciente y desaforado.
No tardará en aparecer la
versión estadounidense.

La buscaré. Gracias Manuel!!
ResponderEliminarCon gusto!
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