Miguel Ángel Oxlaj Cúmez, traductor, escritor, gestor cultural maya kaqchikel

Miguel Ángel Oxlaj Cúmez, foto de: Daria Krotova

  

"Hay como un cierto discurso en Guatemala, no sé si en otros lugares, de que la literatura en idiomas indígenas es como inocentona, es como una onda así…naive. Te invitan no porque tu trabajo sea bueno o de calidad, sino porque…pues sos indígena…"

 

De mi encuentro con Miguel Ángel Oxlaj Cúmez (Comalapa, Guatemala, 1978) retengo tres impresiones: a) es un escritor nato (escritor a pesar suyo), b) ha abierto una puerta inmensa como editor y traductor de lenguas originarias y c) representa todo lo que los genocidas de su país quisieron eliminar. Editor, poeta, narrador, profesor, periodista, sindicalista, traductor, agricultor. Oxlaj Cúmez también es un viajero del tiempo, que un día puede estar dando una conferencia en una universidad estadounidense y dos días después, regresa a su tierra a cortar la milpa.

Escribe y traduce del maya kaqchikel al castellano, con una belleza y una profundidad filosófica vital y necesaria.

Acostumbrado a navegar de una cosmovisión a otra, lo que implica también, combatir, muchas veces, el desprecio disfrazado de condescendencia, Oxlaj Cúnez es una auténtica bisagra cultural. En 2023, fue el editor de la antología Lenguas vivas Muestra poética de lenguas indígenas de Abya Yala, publicado por PEN Internacional y que recoge el trabajo, bajo su curaduría, de 26 autores de lenguas originarias de Chile, Argentina, Bolivia, Guatemala y México.

Presentó el libro en la FIL de Guadalajara, ante un público que tuvo la oportunidad casi imposible de escuchar en un mismo espacio, lecturas en lengua quechúa, maya kaqchikel, catalán y en ore tzame, que es una variante de la lengua zoque, que se habla en el sur de México. A pesar de haber conversado más de una hora, el tiempo se nos hizo corto y muchos temas quedaron en deuda, para futuras entregas, porque esta solamente es la primera entrevista con Miguel Ángel Oxlaj Cúmez.

 

¿Cuál es tu trasfondo cultural, político, social? 

 

Yo soy, por supuesto, Miguel Ángel Oxlaj, que es mi nombre, ¿verdad? Pero me identifico como maya kaqchikel. Ahí, es donde surge mi voz. Como un hombre maya que es descendiente de hombres y mujeres que fueron primero, en cierta forma, esclavizados, luego utilizados como mano de obra gratuita para mantener la economía del país. Pero también somos miembros de un grupo social que en el tiempo de la guerra, que es reciente en Guatemala, fue intentado aniquilar.

Soy de San Juan Comalapa, Chimaltenango, que está a 80 kilómetros de la ciudad de Guatemala. Es un pueblo maya kaqchikel. En ese lugar hubo un destacamento militar entre 1980 y 1992, más o menos. En Guatemala, en todos los departamentos había una zona militar, pero no en todos los municipios había destacamentos militares, pero en mi pueblo sí. En otros, como en El Quiché, en Ixcán, había incluso una zona militar.

En Comalapa, ese destacamento luego se convirtió en cementerio clandestino. Esas son las realidades que me atraviesan. Yo tuve en mis manos la libreta de jornaleros de mi abuelo, en donde decía cuántos días le debía al finquero. Decía, por ejemplo, 1932, debe tantos días, ha estado tantos días... Y esa deuda estaba sustentada en leyes, formaba parte del cumplimiento del deber de un campesino. La libreta de jornaleros era cuántos días se le tenía que entregar al finquero; por otro lado, también estaba la Ley de Vialidad, que también tenía su libreta, y consistía en cuántos días se le tenía que dar al Estado. Ahí estaba marcado cuántos días se le daba al Estado para abrir caminos, o para otras cosas.

Toda esa historia nos atraviesa a nosotros.

También hay una ley que se llamaba Ley contra la Vagancia. Y hay una anécdota chistosa en que mi abuelo un dia fue agarrado y fue apresado por “vagancia”. Con esa vida que llevaba, ¿cuál vagancia? No he tenido una vida política partidista, porque no lo he considerado necesario y porque creo que no es o no ha sido el espacio en donde puedo hacer mi trabajo. Eso no me exime de una participación política activa. No soy de izquierda y no soy de derecha, y tampoco soy progre.  

Nosotros somos más comunitarios o sea, creemos en la comunidad, creemos en el bien común, que no es necesariamente el comunismo. 

Nuestro corazón está en que si estamos bien la mayoría, pues voy a estar bien yo también, pero no como un dogma, sino como una práctica que mis ancestras y ancestros han practicado y que eso, de una u otra forma, a pesar del exterminio, están todavía en este momento de la vida.  

Me relaciono con la ciudad, porque geográficamente mi lugar está muy cerca de la ciudad de Guatemala; son 80 kilómetros y 30 kilómetros de la cabecera departamental, que es un centro urbano medianamente grande. 

Pero pues vuelvo y siempre me refugio en mi comunidad porque soy alguien que está cerca de la milpa, cerca del bosque. Crecí ahí. Siempre vuelvo, porque es el lugar donde logro respirar. 

 

"Ese punto de quiebre fue tan fuerte, tan fuerte, que muchos textos que había tenido, digamos, como dormidos, brotaron, empezaron a brotar.

 

 

¿Cómo surge la escritura en tu vida?

 

Nunca fue mi aspiración personal. En primer lugar, yo soy hijo de un agricultor, de alguien que se relacionaba con la tierra, pero que socialmente era considerado como campesino, o sea, es una categorización social: el campesino. No tenía libros en casa. Vivía el día a día, entonces no hay eso. Entonces nunca se me dio eso, como por escribir, pero siempre me gustó leer. Porque mi papá, a pesar de ser un campesino, de ser un agricultor, cualquier libro que le llegaba, él lo leía; los periódicos atrasados que llegaban al pueblo y eso. Yo siempre me preguntaba qué había ahí. Me encantaba. Me gustaba escaparme de mi realidad, digamos, metiéndome en otras realidades. Eso nos ha pasado a muchos. Me gustó mucho mucho leer. Luego, pues logré formarme un poco y eso me acercó más a los libros* 

(Nota del redactor: Oxlaj Cúmez es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de San Carlos de Guatemala y tiene una especialización en Revitalización Lingüística por la Universidad Mondragón del País Vasco).

Pero tuve un punto de quiebre y es algo de lo que no mucho me gusta hablar, porque es algo bien sensible. En el año 2002, la Fundación de Antropología Forense (FAFG) y una organización de viudas de Guatemala, encabezada por alguien de mi pueblo, se llama doña Rosalina Tuyuc, lograron comprar el área donde estuvo el destacamento militar. Lo compraron en posesión y los dueños anteriores eran exmilitares que lo habían cedido al Estado, al ejército en esa época. Pero ellos no sabían a quien se lo habían vendido. La FAFG empieza a hacer las excavaciones, las inhumaciones y en ese espacio encuentra por lo menos  350 osamentas, en ese tiempo, año 2002, sí, del año 2002 al 2006. En esos años yo estaba reporteando para un periódico virtual que tuvimos con unos amigos de esa época. Ese punto de quiebre fue tan fuerte, tan fuerte, que muchos textos que había tenido, digamos, como dormidos, brotaron, empezaron a brotar. Hubo una época en que no lograba escapar de todo eso, bueno, ahora creo que ya logré sanar como esa parte, pero igual, tampoco sabía si lo que escribía era poesía, si era narrativa. Obviamente, desde una óptica de literatura occidental es algo muy sencillo ver; pero en el kachiquel que me atraviesa, que tiene una estructura distinta al español, distinta al inglés, y que tiene una manera discursiva diferente, es un poquito, digamos, complicado, decir: bueno, escribí un poema en kachiquel. No sé exactamente qué escribía, pero ahí empezó todo. 

Luego terminé ganando un premio de literatura indígena*  

(NDR: en 2007, el Premio de Literaturas Indígenas B’ATZ’, convocado por ADESCA y por Rodrigo Rey Rosa).

 

 ¿En qué lengua escribes?  

Los primeros textos los escribí en español porque yo no sabía escribir en kaqchikel. No conocía la gramática de mi lengua, era analfabeta en mi propia lengua. A raíz de este concurso, que era una invitación a escribir en idiomas mayas, yo dije: bueno, es hoy o nunca. Yo sé hablar y lo voy a escribir como pueda. A partir de ahí, ya lo tomé como un acto reivindicativo, es decir, bueno, voy a aprender a escribir bien mi idioma, y voy a escribir en mi idioma. 

 

Mientras conversamos y tomamos una cerveza, circulan miles de personas para entrar y salir de la ferie del libro de Guadalajara, donde tuvo lugar esta entrevista. El día anterior, el de la presentación de la antología, coincidimos con editores, escritores y otros gestores culturales guatemaltecos. Mientras escucho a Miguel, caigo en cuenta de lo plural y complejo que es Guatemala, y de lo poco que nos conocemos los centroamericanos unos a otros.

 

Continúa:  

Empecé a darle más ganas a esto, porque también me di cuenta que durante mucho tiempo, yo había huido de eso. Yo había sido parte de todo el conglomerado que se creyó de todo corazón, que no vale la pena el kaqchikel, que no vale la pena el pensamiento de mis abuelas y abuelos. Darte cuenta de eso, es un proceso un poquito complejo, ¿no? Me dije que a partir de entonces iba a escribir en kaqchiquel. No puedo mentir y decir que todo lo que he escrito ha nacido en kaqchiquel; eso sería una gran mentira, porque también, en algún momento, he tenido la oportunidad como de cultivar, tal vez, el español, como una lengua literaria. Tampoco me cierro a esto. Claro que utilizo el español. Hay veces que hago textos que están en español. A veces un texto, digamos, nació en español, sigue en español, a veces lo traduzco, a veces no, depende del contexto, y depende de sí quiero también. En cambio, lo que escribo en kaqchiquel casi siempre lo traduzco y esa es otras de la reflexiones que en este momento hemos estado platicando. Acabamos de tener un congreso de literatura en Guatemala con jóvenes y escritores que están escribiendo en sus idiomas. En Guatemala se hablan 24 idiomas. Hablamos de esa necesidad del escritor, en lenguas indígenas, de autotraducirse. Está como obligado a hacerlo, aunque podemos no hacerlo.

Hace como unos dos años, cuatro años, algo así, tuve una charla con un grupo de estudiantes de una universidad gringa, pero todos hablaban kaqchiquel, porque se los enseñaban a los estudiantes de ahí. Es que en varias universidades de Estados Unidos, o casi en todas, enseñan varias lenguas, y les enseñan lenguas indígenas también. En varias universidades enseñan kaqchiquel y hay estudiantes que se matriculan y aprenden. Bueno, con un grupo de ellos estaba yo, y había un texto, que había publicado en un blog, o que me habían publicado en un blog, y que les dije que este nunca lo traduje en español. Como unos quince días después, me mandan la traducción al inglés. Es decir, nunca pasó por el español. Se fue directo del kaqchiquel al inglés. Es una experiencia nada más.

 

Acerca de sus publicaciones

 

Mis libros todos han sido publicados en Guatemala. Rutaqikil ri Sarima’ – La misión del Sarima’ (narrativa), Mitad Mujer (narrativa), Xtisaqirisan na pe – Planicie de olvido (poesía) (El título en español es distinto al título en kaqchikel), Jun man oyob'en k'ulunïk – Encuentro inesperado (narrativa) y Rajawal ri k'ichelaj- Guardián del bosque (poesía). 

 

Escribir, más allá de la revitalización lingüística 

 

Yo hago revitalización lingüística y para mí era una contradicción existencial publicar un libro en español. Pero, por otro lado, cuando al fin me animé a publicarlo* (NDR:Miguel Ángel habla de un libro de cuentos que fue escrito originalmente en español y que nunca tradujo), fue porque también hay como un cierto discurso en Guatemala, no sé si en otros lugares, de que la literatura en idiomas indígenas es como inocentona, es como una onda así…naive. Te invitan no porque tu trabajo sea bueno o de calidad, sino porque…pues sos indígena…

 

Yo estaba un poco molesto con eso en esa época y me dije: voy a publicar esto y lo voy a publicar en español y vamos a ver qué pasa.

 

Miguel Ángel escribe por una necesidad vital. Mientras conversamos, su testimonio se aproxima a una zona peligrosa, que tantea con cuidado.

 

Como te decía, había un destacamento militar, y en mi pueblo hubo cinco masacres. Una de esas masacres borró del mapa por completo una comunidad, una aldea que estaba a ocho kilómetros del pueblo y lo único que quedó y sigue en pie es la escuelita de la comunidad, es lo único que quedó y sigue en pie. Ha sido un tema tabú en mi pueblo, entre la gente, nadie quiere hablar sobre eso porque pues, no solo es doloroso sino que también es meterse a babosadas, pues, somos una sociedad posguerra y siempre te dicen: no lo digas, pues eso es peligroso, ten cuidado. Fui ahí hace muchos años. Andábamos paseando entre el bosque y así llegamos y vimos eso, pero me atravesó mucho entrar a una de las aulas de la escuelita. Todavía está escrita la fecha de la última clase que hubo ahí. Dice:

                            

Hoy es 13 de marzo de 1982

 

Dicen que eso lo han borrado varias veces pero vuelve a aparecer. Es una cosa ya de mito también, pero ahí está, o sea, si vas hoy, llegas y lo encuentras. Todavía se ve, ¿verdad? Es la última fecha escrita en el pizarrón de la escuela. Escribí, escribí una novela sobre eso.

 

¿Dónde se puede conseguir? ¿En su versión digital?

 

Fíjate que ese es el pequeño detalle que tengo ahorita. Las editoriales en Guatemala no logran dar el salto tecnológico para hacer circular los libros en otros lados.

 

Antología Lenguas Vivas

 

La gente del PEN Internacional me estaba buscando, porque la otra parte que he estado haciendo mucho, mucho, mucho, y que tal vez ha sido como lo más fuerte que he estado haciendo en estos últimos cinco, ocho años, es como promoviendo a otros escritores, a escritoras, escritores, poetas en sus lenguas originarias.

Cuando obtuve cierto reconocimiento en el medio, me llamaban mucho, me contactaban, mira, ¿no conoces a alguien que… a alguna escritora en algún idioma, algún poeta? Y resulta que éramos en Guatemala a lo mucho cinco. También hay miles de… O sea, hay millones de hablantes en Guatemala de lenguas. Entonces yo decía, no es posible que no se haya levantado otra poeta, otro poeta después de Humberto Ak'abal, que ya murió.

Él era Maya Quiché. No es posible que no haya ahorita alguien más. El idioma más hablado en mi país ahorita se llama Kekchí y lo hablan aproximadamente un millón doscientos mil gentes. Es bastante. Pero conozco solo a un poeta, maya kekchí. Es mi amigo y yo le digo, vos, es que no es posible que en un millón doscientos mil personas solo vos seas el que escribe.

O sea, no me da nada en contra tuya, me alegro por vos, pero no puede ser que seas el único. ¿Qué hacemos? Es lo que he estado haciendo en los últimos años. Por eso PEN me contactó, porque ellos tienen un comité de traducción y derechos lingüísticos. En Francia, por ejemplo, hay un PEN occitano, gente que está escribiendo en occitano y que está plantándole la cara al francés.

En el año 2022, creo yo, los de PEN replantearon con más fuerza su lema de trabajar por la libertad de expresión. Y eso me parece muy interesante porque en todo el mundo hay periodistas y escritores que están encarcelados por lo que escriben, ¿no? Entonces yo les dije en algún momento que también la libertad de expresión incluye darle visibilidad a las lenguas silenciadas, a los idiomas que no aparecen y que también ellos tienen derecho y el no estar es una violación también a su derecho de expresión, a su libertad de expresión y de ser.

En el año 2023, les presenté un proyecto. Me dijeron que querían hacer algo más grande. ¿Qué tan grande? Les dije. Y entonces incluyeron a cinco países.

 

¿En este momento cómo está tu proyección como escritor, como editor?

 

Estoy haciendo una colección de 20 libros en Guatemala, llevamos tres de 20. En Guatemala hay 24 idiomas y por lo menos hay tres en franco peligro de desaparición. Hay uno que tiene 300 hablantes, hablantes mayores de 65, 70 años.

Hace algunos años unos amigos hicieron una recolección. Construyeron como 15 o 20 textos de historias orales alrededor del lago de Atitlán, hay 13 pueblos alrededor del lago de Atitlán y ahí hablan tz'utujil y también hablan kaqchiquel. Eran tantas las historias escuchadas y recogidas y recopiladas que les salieron como 20 libros, y solo eran 13 pueblos, eran dos lenguas, era un espacio geográfico pequeño. Por eso estamos haciendo estas cosas, es un poquito lo que estoy haciendo, ahorita estamos impulsando una colección que va a tener 20 autores y que esperaría yo que haya 20 lenguas, por lo menos esa es una, la otra es que también estoy leyendo algunas autoras, hay una autora maya Kaqchiquel que se llama Calixta Gabriel y es una abuela que tiene como 70 años más o menos, ella fue exiliada política en los Estados Unidos en los años 80 porque pues… Sus hermanos fueron asesinados, ella salió huyendo a la ciudad de Guatemala, la encontraron ahí, entonces tuvo que huir, tuvo que huir y bueno, en 1978 ella publica sus primeros poemas en El Imparcial *(reconocido periódico, con una sección cultural remarcable, y que dejó de circular en 1985) en Guatemala, entonces viene como una historia… Literaria… Literaria, de muchos años y resulta que un día la visité y me dio algunas copias de sus publicaciones de los años 80. Quiero hacerle una antología a esta mujer, entonces estoy en eso, o sea son proyectos que tengo para este año, entre otros. Tam bién publicaré un poemario que escribí hace algunos años y que trata sobre la milpa, el sistema milpa, el maíz, la semilla. Estamos enfrentando una situación complicada con las transnacionales que están alterando las semillas. Las semillas nativas están en peligro, bueno pero el punto no es ese, el punto es encontrar la belleza dentro de los procesos de producción del maíz.




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