Americanah, es la historia de una joven nigeriana, Ifemelu, que emigra a Estados Unidos y que después de 13 años, decide regresar a su país.
Celebrada desde su aparición, en 2013, la novela de Ngozi Adichie se convirtió en un fenómeno de ventas. La escritora, talentosa, carismática, bella, dotada de una vena natural para figurar, y de un discurso bien estructurado, empujada por la inercia arrolladora de su libro, ascendió súbitamente al estatus de “superestrella” literaria, aún más, de icono cultural.
Chimandanda Ngozi, tocó un nervio particular en Estados Unidos, al conectar sus propias obsesiones como autora, con los asuntos irresueltos de la sociedad gringa (de paso, consigue mostrar y reconfirmar de manera convincente, lo atrofiado que está ese país).
El personaje de Ifemelu, que llega como migrante legal, para emprender estudios universitarios, los primeros años, se extravía en la inmensa estepa de un país de insulsa complejidad. En pos de la asimilación, adopta los códigos que en el fondo repele. Exiliada de sí misma, la joven, juega a ser estadounidense. La estrategia funciona.
La protagonista, naturalmente rebelde, irreverente, brillante, se acomoda al sistema para sobrevivir.
Sin embargo, mientras las puertas del éxito estadounidense se abren, su verdadero yo, agazapado, a veces soterrado, comienza a aporrear la puerta atrancada de su identidad real.
El mismo libro, a lo largo de sus 605 páginas, que se leen con gran fluidez, evoluciona constantemente, pisando los terrenos del ensayo y hasta de la crónica. El estilo de Ngozi, con frecuencia deliciosamente caústico, y las observaciones, profundas y punzantes, tiene un músculo y reflejos como de deportista competitivo, de corredora de cien metros planos. La intelectual está ahí en todo momento, pero nunca para aplacar el instinto, la sensualidad, la carne.
La crítica que hace de Estados Unidos, y de paso, también de Inglaterra, tiene el sabor de un ajuste de cuentas. Al leerse cuidadosamente, se asoma la silueta de la deblacle del Partido Demócrata y el repunte de un conservadurismo mayor.
Es placentero leer cómo exhibe, sin agregarle ningún tipo de artificio, a aquellos personajes con ínfulas de superioridad (muchos supuestos progresistas), a los racistas de armario, a los elitistas, los oportunistas, los falsos, los hipócritas.
Con su mirada, Ngozi mete ganas de ser nigeriano, de imbuirse también en la historia apasionante y contradictoria de ese país.
Sus personajes, humanos, sin filtro, contagian los deseos de desvivirse, de cometer errores, de vivir también para aspirar a una reivindicación.
Los buenos novelistas tocan los sentidos, remueven las tripas, tienen una dosis perfecta de truculencia, de operata. Sus libros están llenos de sudor y los sentimientos nunca se esconden. Es, de paso, gracias a novelas como esta, que podemos ver emociones y sentimientos que solemos disimular en la vida cotidiana.
Chimandanda Ngozi no oculta la vergüenza de sus personajes, sus zonas menos graciosas. Y este es el gran contraste que muestra con la “límpida” y juzgadora sociedad estadounidense, codificada, condicionada hasta por expresiones de aparente intrascendencia como los “tics” del idioma, (exhibe magistralmente las artificialidades idiomáticas de los gringos), sin mencionar el puritanismo y los ideales morales. Americanah, también es una novela que señala los múltiples caminos y variantes diversas de la segregación.
Como en La Broma de Kundera, al que le encontré similitudes, la protagonista, Ifemelu, igual que Jurek, va a un salón de belleza (él va a una barbería) y desde ahí, la historia se va hilvanando con un retorno al pasado, que finalmente alcanza el presente (ella en el salón de belleza), para después, con todos los elementos ya bien trenzados, avanzar hacia el final. De nuevo, como las buenas novelas, tiene su propia concepción del tiempo.
Por supuesto, no todo es perfecto, pero la incandescencia del libro, le resta importancia a tramos o decisiones de la autora que podrían considerarse como puntos débiles.
También es interesante tener en cuenta el contexto en el que fue escrito y publicado.
Al momento de su aparición, en 2013, Obama venía de asumir su segundo mandato (en uno de los pasajes, dice Ifemelu, que si Michelle Obama osara presentarse al natural, y no con el pelo alisado, Barack Obama jamás habría ganado la presidencia). El brillo y las expectativas con las que había ganado en 2008 habían decaído, y el presidente, muy afín al star system (donde también se juntaban varios intelectuales de valor) necesitaba apoyarse en figuras populares y carismáticas, preferentemente negras, para darle un valor más tangible a la ilusión, deslavada por la realidad política.
Esto no demerita al libro en ningún sentido, sin embargo, la cercanía posterior de Chimandanda con la ex pareja presidencial, ayudaron a consolidar su carrera, ahora mismo cargada de premios, menciones, honoris causa, becas. Chimandanda se reúne con ministros y presidentes de todas partes del mundo, tiene contratos como ícono de moda, es adulada y también vitupereada, como una estrella de futbol.
Luego de Americanah, han seguido otros libros, el último, uno inspirado libremente en el caso de Dominique Strauss Kahn, acusado en 2011 (¡cómo vuela el tiempo!) de violación.
Con Trump, Americanah pasó a otro estatus, convirtiéndose en libro censurado, por lo menos en un condado de Florida.
Consciente o no, probablemente lo es, el sistema vio en ella, como ocurrió en su momento con Kundera, o Rushdie, un arma de poder blando.
Y Chimandanda, como la misma Ifemelu, comprendió el juego de estar dentro del sistema para la sobrevivencia y fuera de él para la trascendencia. Una forma de llevar una carrera que ya parece anunciar en Americanah, con sus dilemas incluídos. Lo cierto es que gracias a la notoriedad, a los beneficios de su carrera y sus contactos, se ha convertido en una referencia del feminismo contemporáneo, ha coadyuvado a la visibilidad de su país y del continente africano. Actualmente vive en Nigeria, y a través de las entrevistas, artículos y videos, me parece identificar en ella una intelectual de peso, sin miedo a las etiquetas, dispuesta a romper estereotipos (tiene una sorprendente entrevista con la cantanta pop albanoinglesa, Dua Lipa, quien hace una excelente lectura de su obra). Vista a la distancia, da la impresión de ser ella misma, al ritmo del tiempo actual y también en desfase con él. Por ejemplo, sigue manteniendo un discurso cada vez menos popular en la actualidad, el del fortalecimiento de la sociedad civil, el de la reconstitución de la democracia, el diálogo, la construcción de consensos.
Si todavía no ha hecho gira por América Latina, ya va siendo hora de verla.

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