Océanos de arena, de Santiago Gamboa

 

Alepo de Océanos de Arena ya no existe, y también desapareció esa Gaza. Seguramente, decenas de personas que circulan por sus páginas o que indirectamente ayudaron a escribir este libro, con su presencia y sus testimonios, murieron durante las guerras.

Doce años después de la publicación de esta obra, el mundo árabe que con tanta nobleza describe Gamboa, ha sido, en parte, desmantelado.

A la desolación física y humana que deja la guerra, se suma la destrucción de la cultura, que se prosigue fuera de sus fronteras, principalmente en Europa, donde su desnaturalización se ha convertido en el principal proyecto identitario de países como Francia.

El trabajo de Gamboa consiste, precisamente, en retratar la inmanencia de la forma de vivir de estos pueblos; y las palabras hacen todo lo posible para mantener la memoria de sus sensaciones primordiales.

Océanos de Arena es un libro que huele a comida callejera, a la transgresión que conduce, por ejemplo, la cocina generosa y desmedida, cuando se mezcla con el vino, el tabaco y la plática apasionada. El escritor colombiano se adentra en detalles, como la sexualidad y el erotismo, que le confieren un aspecto más luminoso a una cultura que Occidente se empeña siempre en presentar como lúgubre, como si fuera del terrorismo, el autoritarismo y el oscurantismo religioso, no existiera nada más.

No obstante, dudo que Gamboa imaginaba, supongo, o, en todo caso, estaba lejos de concebir que Palmira, que Alepo, que Homs, un día, serían destrozadas o que, Ariel Sharon, comparado con Benjamín Netanyahou, sería un Primo de Rivera.

Quien lo lea no debe esperar un atisbo de maniqueísmo. No hay malos judíos ni buenos árabes, ni respuestas fáciles a problemas complejos. Gamboa señala la responsabilidad que ha tenido la autoridad palestina en su propia desgracia, y sin titubeos, afirma que Arafat instauró un régimen de corrupción monumental (una fortuna personal estimada en siete mil millones de dólares), que incubó el germen de la violencia.

Ahí queda evidenciado también el terror de los Assad, que no necesitaban de Occidente para destrozar su propia historia.

Ahora mismo, que asistimos impotentes a la destrucción de Gaza y la exterminación del pueblo palestino, los pasajes consagrados a esta región son particularmente emotivos, porque además, releemos con impotencia que se cometieron errores tan graves que no podían conducir la región sino a un callejón sin salida.

Gamboa publicó su libro en 2013, pero fue escrito antes, en un tiempo donde aún era posible, para un periodista extranjero, recorrer esas regiones con relativa libertad.

Sin pretenderse como un farol de lucidez e ilustración o de decadencia asumida (a la francesa o inglesa), el escritor colombiano va presentando acontecimientos, momentos, argumentando sus juicios a partir de la maza inapelable de la cultura, de la poesía, de la Historia (que no es la propia sino la de otros).

Sin buscarlo, Océanos de arena quedó atrapado en la nostalgia por un mundo que en parte desapareció. No se desfiguró solamente gran parte del Medio Oriente, sino que también se acabó el periodismo de corresponsalía. La mirada curiosa que procura descubrir la “otredad”, cada vez encuentra menos un lugar de representación.

La “otredad” de hoy en día es conducida, planificada, condicionada, y por tanto, perdió honestidad.

Y si bien, es un libro sobre el Medio Oriente, también invita a reflexionar sobre el extravio de Occidente.

La Francia de ahora, en comparación con la de hace 30 años (que ya estaba en crisis) es una bufonada. Pierre Bordieu, en 2025, sería niguneado por los mismos periodistas que le lamen los zapatos a los racistas encargados de dividir al pueblo francés y estigmatizar a los migrantes.

Inglaterra también se extravió. Rusia, (que suele escaparse a la crítica que se hace de Occidente), y que es un actor fundamental en el mundo, se convirtió en un monstruo descarnado, avergonzado de los ideales humanistas de otro tiempo, y corresponsable de la estigmatización de las poblaciones musulmanas.

Estados Unidos, cuya ejemplaridad nunca fue creíble, prosigue ejecutando los deseos inconfensados de los europeos.

Los viajes más profundos son los que se emprenden a lugares extraviados, aquellos donde alcanzamos a ver los vestigios cuando aún están frescos. Son los viajes que nos permiten distinguirnos de los turistas. Océanos de arena, es en este sentido, un libro de viajes donde podemos ver y oler el humo de los vestigios recién calcinados.




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