Cosmopolis, de David Cronemberg

 

Eric Packer, es un joven multimillonario, cuyo imperio, en el curso de una día, se desmorona.

La película, cuenta el transcurso de su jornada, abordo de una limusina, mientras atraviesa una ciudad de Nueva York paralizada por la presencia del presidente de Estados Unidos. Packer se levantó esa mañana con la necesidad de ir al barbero. Pero no cualquier barbero, sino el barbero de su infancia, que trabaja en el otro extremo de la ciudad.

Mientras se traslada en el vehículo, Packer, interprado por el excelente actor británico, Robert Patinsson, hace reuniones, recibe visitas médicas, come, mantiene relaciones sexuales.

De reojo, en una pantalla que arroja informaciones indescifrables, va observando la caída del yuan. Basada en la novela epónima del escritor Don DeLillo (tengo pendiente sumergirme en el universo de este autor), conocido por sus retratos descarnados de la sociedad estadounidense, convertida en cine por David Cronemberg, Cosmopolis pertenece a una línea de películas híbridas, que juegan con los géneros, a las que los productores temen por considerarlas inclasificables.

No es ciencia ficción y sin embargo, parece ambientada en un futuro, no es de terror, y por tanto, provoca miedo. No es una fabula, pero es inevitable no ver en ella la resonancia de la crisis financiera de 2007 y 2008.

Y como todo el cine de Cronemberg, hay un fuerte componente psicológico. En esta pelicula se reúnen dos de los principales rasgos del director canadiense: la revelación de un ser interior, arcano, que se esconde detrás de la artificialidad de un personaje, y la fusión, o acoplamiento entre el ser humano y la máquina o el sistema.

La actuación de Patinsson es digna de estudio, magnífica. Construyó a Packer con un exterior glacial, calculador, que va mostrando sus fisuras mientras su mundo se desmorona. El personaje se va rompiendo como un jarrón de vidrio que no se cae, sino que se quiebra por estrés térmico. Se percibe que la violencia viene desde adentro. Va apareciendo el asesino interior, progresivamente, sin anunciarse. Pattinson es míster Hyde. No hay Jekyll. Solamente un míster Hyde atemperado, que ha debido acoplarse para vivir en sociedad, pero que, una vez perdido todo, no necesita moderarse. Su actuación se encuentra ahí, en una vereda paralela, donde camina el Robert De Niro de Taxi driver y el Jack Nicholson de El Resplandor.

No es tan histriónico como ellos, guarda un lado más sombrío y agazapado, tiene ese talento y escuela inglesa, de Richard Burton o Michael Caine.

No estoy seguro que Di Caprio, Edward Norton, Joaquín Phoenix, Fassbender o un Christian Bale hubieran sido capaces de dominar tan bien al personaje. Creo que todos ellos habrían caído en la tentación de lucirse, de volverlo un héroe maléfico, pero grandilocuente. Este muchacho le inyectó al personaje un malestar diferente, como el de alguien que por adentro está pudriéndose. Con una estética que solamente es un disfraz.

Por otro lado, Cronemberg construyó un ambiente donde Packer forma parte del mismo mobiliario. La limusina es una extensión suya o él es una extensión de la limusina, de la misma manera que la caída del yuan, que conduce a su fracaso económico, también es el derrumbe inminente de su persona. Es más, su caída económica puede ser reversible. En una escena, su esposa, que le proscribe toda cercanía física, le dice que le puede dar el dinero para que se levante y se reconstruya.

Packer la mira como diciéndole que no es posible. Preferiría tener sexo con ella. “Hueles a sexo”, le dice la mujer, con cierto asco.

Cuando estacionan la limusina en un garaje, Packer ve, en cierta forma, como se desprende una parte de sí. Y está más ligero. Ahí es donde se manifiesta de forma más visible Hyde.

Las películas que reflejan la decadencia capitalista se cuentan por montones, pero casi todas encuentran al final una salida. Son fabulas con moral, como Wall Street o El lobo de Wall Street, donde se cuestionan los hombres pero se justifica el sistema. Cronemberg no termina así. Deja la puerta abierta, y anuncia más bien otra violencia, una violencia endógena y sorprendente que no está en el cálculo. Otro mérito de la concepción de este personaje, es la manera en la que se anticipa y anuncia la figuración, porque en 2012 eran menos conocidos, de tipos como Bezos, Musk, Zuckerberg o el mismo Trump. Muy recomendable.





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