Volver la vista atrás, de Juan Gabriel Vásquez

Hay algo adolescente en la mirada del cineasta colombiano Sergio Cabrera Cárdenas. Pero no del tipo desafiante y gobernado por su propia voluptuosidad, que ve provocaciones hasta en su propia sombra. Cabrera tiene la mirada del adolescente ensimismado, indescifrable, que escucha, que absorbe la vida como esponja, que colecciona cosas en su cuarto y se da el cuidado de preservarlas.

El joven silencioso, que se sienta a contemplar un paisaje mientras desgaja una mandarina o se fuma un cigarrillo.

Un ser a veces abrumado por los conflictos interiores, que, sin embargo, sabe levantar la cabeza para percibir el gran ruido del mundo exterior.

No es casualidad que Cabrera se haya convertido posteriormente en un filósofo y un cineasta.

Estoy persuadido que esa virtud de actor, pero a la vez de observador exterior de su vida, fue la baza que le pemitió ser un sobreviviente.

Distinto, pienso, es el caso de Marianella Cabrera, su hermana. Ella, quizá sobrevivió por tener una fuerza taurina. Uno es torero, el otro, toro.

Dos fuerzas diferentes que les han permitido encarar las contingencias de su increíble historia en un país, Colombia, que suele reservarse el derecho a tener la última palabra.

Creo, en términos generales, que a la familia Cabrera Cárdenas, también los salvó la cultura y algo que es más difícil de explicar, el amor filial.

Aunque quizá, para no deshonrar la memoria de todos aquellos a quienes nada los pudo preservar de la muerte, sea preciso decir que a lo mejor su destino era seguir viviendo.

Volver la vista atrás es una de esas novelas que aparecen, como máximo, cada decenio. Juan Gabriel Vásquez hizo lo más difícil: hacer de una historia extraordinaria, una novela extraordinaria.

El libro es una biografía novelada, como lo es también un fresco de familia, donde se plasma la virulencia ideológica de una época, y cosa aún más rara, se mantiene el idealismo sin desmontarlo por completo (aquí hay un aprendizaje interesante, porque olvidamos rápidamente hacer brasas con cenizas).

Arranca con la muerte en 2016 de Fausto Cabrera, el genial actor hispano-colombiano, padre de Sergio y Marianella, cuando el director de cine debe presentar una retrospectiva de su propia obra en Barcelona. Este acontecimiento fuerza la vista atrás dando pie a la historia de persecución y exilio de la familia Cabrera, desde la España franquista, que luego de varios años de deriva, recala en una Colombia que empezaba a bullir a mediados de los 40.

Instalados definitivamente en el país sudamericano, nacen Sergio y Marianella, en el seno de una familia habitada por el arte, que participa activamente en la construcción de la escena cultural bogotana a través del teatro.

A Fausto le precede su historia de exiliado español y su talento como declamador; Luz Elena, proviene de una burguesía que ha dejado abierta una rendija para que ella se desmarque del destino manifiesto de su clase social.

A mediados de los sesenta, en la vorágine de una crisis familiar, una serie de circunstancias llevan a la familia Cabrera Cárdenas rumbo a la China maoísta.

En China, los padres y los hijos, se reafirman como revolucionarios. Siendo apenas unos menores, Fausto y Luz Elena dejan solos a sus hijos, mientras ellos regresan a Colombia para sumarse a los procesos revolucionarios.

Los jóvenes, como pueden, guiados por un ideal que supera su existencia individual, sobreviven en un país en plena Revolución Cultural.

Tras unos años de separación con sus padres, regresan a su país, entrenados para propagar la revolución maoista por el mundo.

Se alistan en las filas del Ejército de Liberación Popular (ELP), enfrentándose a la implacable y absurda lógica de la guerra.

De milagro, y con graves heridas de guerra, consiguen salir sin que sea propiamente una deserción.

Los Cabrera buscan desde la Izquierda, una alternativa, que les mantenga vigentes como actores sociales, y que a su vez les de la oportunidad de disentir cuando sea necesario. Sergio, por supuesto, construye su carrera de cine. 

Volver la vista atrás es una obra impresionante, que se sumerge en el interior del pensamiento dogmático sin quitar el dedo del renglón del espíritu que lo anima (en el fondo, es una caja china).

Es un trabajo hermeneútico de la historia revolucionaria de Colombia, pero también es un documento de valor sobre la Revolución Cultural, y desde su profundidad, ofrece fogonazos acerca del pensamiento y el devenir de la Izquierda global.

Pero, sobre todo, es la novela de un hombre, Sergio Cabrera Cárdenas, en su lucha por preservar los valores de sus ideales y su formación (íntimamente ligados a la filiación), a pesar de las conspiraciones que hayan podido cernirse para desintegrarlos.

Sergio, Marianella, Luz Elena y Fausto, con el tiempo, lograron salirse de la mira a la que se habían expuesto debido a su pensamiento, demasiado crítico para el dogmatismo revolucionario, demasiado revolucionario para las fuerzas conservadoras.

Se convirtieron, cada uno de ellos, en figuras de otra dimensión para Colombia, que, hay que decirlo, es un país lo suficientemente grande para darle cabida a quienes se escapan de la lógica binaria.

Desde 2023, Sergio Cabrera es el embajador de Colombia en China. A su lado, trabaja otro intelectual de peso, el escritor Santiago Gamboa, con quien también les ha unido una relación creativa (en este blog hicimos una reseña de una de sus novelas). Es un nuevo episodio de vida, inverosímil si hubiera sido imaginado como epílogo de la novela. Habrá que darle seguimiento para ver que forma irán tomando las relaciones sino-colombianas. 

Volver la vista reafirma el talento de Juan Gabriel Vásquez y la necesidad de seguir proyectando literatura universal desde la experiencia de nuestro propia historia continental.









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