La infancia también es un país escarpado, con abismos profundos y peligrosos. Los lectores de La madre rata se sumergen en este país, a oscuras, guiados por un grupo de niños-adolescentes, que van hilvanando la historia de una pandilla escolar. Se trata en cierta medida de una novela iniciática, porque en la medida que avanza la narración, los niños también se van construyendo o destruyendo. Lo desgarrador, es que los lectores somos testigos de los agujeros que se van formando dentro de sus personalidades en desarrollo.
Aquí la deambulación no es física, pero
espiritual, y el recorrido nos lleva por lugares donde se siembran los tabúes,
donde germinan las vergüenzas, donde se ponen las bases de las angustias y
vacíos futuros.
Es una novela que lleva las tripas en las
manos y que se adentra de manera valiente en la violencia de esa franja
intermedia, donde los niños están por cruzar el umbral que va a convertirles en
adolescentes.
El personaje central es la misma pandilla,
que se manifiesta como una inmanencia constituida por la suma de las partes.
El ser de la pandilla es una entidad
propia, que se impone y gobierna la voluntad individual. Este ser, funge de autoridad, la autoridad
paternal y maternal inexistente en la vida de estos niños. El ser de la pandilla impone las categorías
morales, introduce su propio sistema de valores y desestima otros sistemas. Pandilla,
ejército, iglesia, partido político.
Perfectamente, estos mismos personajes, en
una segunda parte que no existe, podrían convertirse en senadores.
Es la afiliación coercitiva de la manada
que se transforma en un monstruo. Mientras leía la novela, pensé en varias
ocasiones en los cuadros del inglés Francis Bacon, donde el exterior y el
interior de las personas se exhiben en un mismo plano, haciendo coexistir en
una misma cara, sentimientos múltiples y hasta opuestos. Sobre todo, durante la
infancia, donde el dolor y el amor se confunden, donde la humillación y la
necesidad de aceptación, van con frecuencia de la mano.
Este tipo de novelas no son populares
porque contienen elementos perturbadores. Y en este caso no se trata de
perturbar como pasatiempo; la obra logra provocar un movimiento interno en
quien la lee.
Antes de atacar el lado del cerebro que
nos conduce a la interpretación, nos remueve emociones, como lo hacen los
cuadros o los poemas.
Publicada en 2008, también es importante
resaltar que no responde a ninguna moda, pero como suele ocurrir con la buena
literatura, ofrece la clave para comprender y anticiparse a fenómenos sociales.
Quien lo desee, puede encontrar en ella argumentos interesantes para comprender
el poder desmesurado de las redes sociales o temas como el acoso escolar o la
sexualización.
Si Luis Miguel Hermoza hubiera decidido
dotar a su novela de un fondo, como, por ejemplo, los años aciagos del
fujimorismo o la violencia senderista, seguramente, habría terminado convirtiendo
La madre rata en una novela Alfaguara, de codificación más simple,
inscrita en un contexto determinado.
El escritor peruano prefirió un camino más
complejo, más arriesgado, con menos concesiones. En el mundo interno que
configura la novela, no existe el concepto nominativo de país, ni de ciudad, ni
de Historia.
Todo eso subyace detrás. Y las claves que
se presentan, son tan válidas en Perú como en Australia, porque los personajes
son seres que sudan, se emborrachan, se idiotizan, se buscan liberar y terminan
por amarrarse.
Hablan como peruanos, porque seguramente
han nacido ahí, pero no es la historia del Perú la que viven, sino algo más
profundo, que puede ser la historia del abandono, del no-amor, del machismo, del
autoritarismo, de la dictadura del mundo de los adultos, que no toma en cuenta
la delicadeza de la infancia. Es también la historia de los adultos que todavía
no son y que empiezan a apoderarse de sus almas infantiles. Hermoza reproduce
con claridad un estado de obnubilación de la razón, donde se actúa solamente
por instinto, por pulsión.
Los protagonistas de la novela son niños y
niñas, y, sin embargo, en sus peores comportamientos, lo que vemos, es la violencia
de ese adulto interior que ya reside en ellos. Abundan los libros que exploran
el llamado “niño interior” (expuesto de una manera ligera, puede convertirse en
una gran cursilería), pero son raros los libros que muestran la silueta del “adulto
futuro”.
En diversos pasajes de la novela, somos
testigos de cómo, actos que transcurren con una atrocidad banal, en cuestión de
minutos, arruinan y condenan vidas.
Este es un libro de árboles que se
tuercen, del poder de lo simbólico por encima de lo real; la gente es capaz de
condenar a unos niños por desmantelarle la cabeza a una virgen de una iglesia,
pero no ven nada o no quieren ver nada, cuando en sus narices, estos mismos
niños se autodestruyen.
La novela está escrita con mucha habilidad,
consiguiendo un equilibrio adecuado entre el lenguaje oral y un lenguaje más
literario, donde ninguno toma el ascendente sobre el otro.
En una de sus presentaciones, en Marsella,
Luis Miguel Hermoza también evocó la obra de Elfriede Jelinek, una autora
incómoda y desgarradora.
Se reconoce de manera bien apropiada su
influencia.
Novela muy recomendable y accesible a
través de Amazon.

No he leído a Hermoza, pero por la reseña de su libro lo asumo como una versión moderna de La senda del perdedor, la novela autobiográfica de Charles Bukovski, un escrito sobre una niñez y una adolescencia que perfila a una generación de los años 40 en Estados Unidos, que, sin embargo, llevó a su autor a formar parte de la Generación Beat.En su caso la "autodestrucción" dejó un legado intelectual.
ResponderEliminarEs muy interesante el libro y es verdad que pueden existir similitudes entre ambas obras. Muchas gracias por tu comentario.
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