Bonavia, de Dragan Velikic

Antes de iniciar esta reseña recomiendo a los lectores, que, si no cuentan con una, adquieran una tableta de lectura. Por supuesto, la pantalla no sustituye al papel, sin embargo, es el mejor medio para obtener libros que no circulan fácilmente en las librerías o cuyos precios son demasiado elevados.

Bonavia (2012) es una de esas novelas capaces de reconciliar a cualquier lector con la literatura. Me refiero a esos lectores de espíritu que ya no leen, o, muy poco, porque no tienen tiempo, porque viven leyendo informes, u otro tipo de documentos. O, porque, simplemente, perdieron el hábito.

En la solapa y las reseñas generalistas, se describe como una novela del exilio, de la posguerra, una reconstrucción de la era pos Yugoeslavia.

En realidad, son los hilos con los que se amarra una historia costurada con los retazos del pasado.

Velikic, que, es considerado uno de los autores balcánicos contemporáneos (1953) más destacados, como un topógrafo, como un agrimensor (para recordar a Kafka) se lanza a recorrer el pasado para cartografiarlo. Como en Proust, para Velikic, el pasado es una geografía, un país.

Siguiendo la línea de existencia de una serie de personajes entrelazados, el novelista serbio, se adentra en ese fascinante mundo que es Europa Central. Y entre Viena y Sarajevo, va imaginando un patrón social y cultural, que explica al austriaco como al yugoslavo. Como hermanos sin filiación, los países de lo que fue el antiguo imperio Austrohúngaro, han evolucionado como identidades y culturas que no se parecen, pero que están vinculadas por peculiaridades que no se encuentran en otras partes.

Frases como el imperio del orden brinda un consuelo y representa un privilegio o esta otra: Y para que el orden y la paz se mantengan, cada individuo está obligado a aportar, como un cheque en blanco, su propia obediencia, sin la cual no existiría un funcionamiento impecable del aparato estatal (…), son reflexiones que ayudan a comprender una idiosincrasia.

El escritor no se olvida de mencionar la influencia de los Habsburgo y la construcción de un Estado Burocrático, (el imperio Austrohúngaro) diseñado para colonizar la mente de sus ciudadanos.

Es la pesadilla kafkiana, representada en forma de absurdo y parábolas; es también la literatura de Kundera, de Jelinek, de Márai, de Bernard. De hecho, el aparato crítico de la literatura que viene de esta zona, suele llevar esta marca.

Así como la literatura rusa habla de su inmensa geografía, de sus cárceles, de sus personajes profundamente espirituales, de su identidad mutante, ellos ponen de manifiesto esa opresión. Porque, en efecto, el Estado se metió con la existencia de los individuos en zonas donde no tendría derecho a entrar.

La visión de ese Estado artificial, creó sus propias categorías, poniendo a los austríacos y a Viena en el centro. Hungría, las antiguas repúblicas yugoslavas (con sus propias particularidades), la antigua Checoslovaquia, lo que fue una parte de Prusia y hasta una parte de Italia, tenían cada una otro rol, que fue creando unas identidades fragmentadas y muy complejas.

Los personajes de Velikic son individuos que nacen de toda esa fragmentación, que la portan en su piel. No solamente son las personas que la vida les ha llevado a ser, sino también, son, a su pesar, lo que se les atribuyó por pertenecer a un determinado grupo nacional.

Bonavia contiene toda esa riqueza y esa contrariedad, y es puesta en armonía mediante la buena escritura y la identificación certera de los símbolos culturales y políticos.

El lector se va encontrar con historias de amor, con personajes complejos, pero se va a encontrar también con esa construcción de una identidad que proviene de un designio concertado en un despacho.

Los personajes tienen esa aura que enamoró a los lectores de Kundera. Velikic, por lo menos a mí, me despertó sensaciones muy similares. No creo que se lo haya propuesto, los personajes son el resultado de un andamiaje que probablemente condujo al novelista por senderos por los que también anduvo el escritor checo. Y así, también se encuentran otros parajes, no hay que olvidarse que esta novela es el trabajo de un cartógrafo, donde también caminó Nigris, Kafka, y tantos otros.

Pero el ingreso al país del pasado suele ser un acto pensado para el futuro, para que algo en peligro de extinción, no se pierda, no se extravíe.

Dice Velikic que uno de sus autores favoritos ha sido Ernesto Sábato, y, sin duda, comparte con él, esa búsqueda esencial de la verdad, donde la emoción y el intelecto son dos realidades indisociables cuyo único fin es instalarse en la consciencia de los lectores.

 



 

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