Un amigo fotógrafo, venezolano, experimentado, con sensibilidad de artista, ya no encuentra trabajo en su campo. Ha visto y retratado situaciones y contextos que pocos seres humanos verán, como ciertas aldeas escondidas en la Amazonia. Vio y fotografió la industria del petróleo en los años ochenta y noventa (era especialista en fotografía industrial) y, más adelante, fue testigo del surgimiento y el declive del chavismo. Allá donde fuera, un “ojo” y una experiencia como la suya, tendría que ser doblemente valorada.
No es el caso. En
Francia, como ocurre en el resto del mundo, a los medios les interesa poco los
buenos fotógrafos, o, dicho de otro modo, prefieren pagar menos por fotografías
que se conformen con cumplir su función esencial. La noción de exclusividad
informativa, que engloba también la búsqueda de una mirada que se destaque y se distingue de las demás, ya no son
criterios importantes.
Interesa más
posicionarse en las redes sociales, generar vistas,
abordar los temas que fomentan los financiadores.
A pesar de que
existen medios que prosiguen con su responsabilidad de ofrecer periodismo de
calidad, estamos anegados de información insulsa, incompleta, banal, falsa,
cuyo propósito es distorsionar y romper los esquemas tradicionales de percepción
de la realidad.
A gran escala, desde
Rusia Tv, Fox News, pasando por el Mundo Diplomático, la prioridad es
posicionar los intereses políticos y económicos que representan, y solamente después, la
información se adapta a estas prioridades.
El periodismo
menos sesgado probablemente se encuentra en los medios independientes y las
iniciativas que buscan cumplir una función de proximidad.
Tal como apunta la tendencia, el periodismo, como un instrumento crítico, independiente, confiable, que cuestiona el poder y que guarda una equidistancia con las ideologías y los intereses políticos, se extingue rápidamente (ya no perturba a nadie que un periodista se exhiba como un militante, de derecha o de izquierda), y, probablemente morirá por completo cuando llegue el momento de un verdadero relevo generacional (cuando los jóvenes que nacieron en la era digital asuman completamente el poder).
Es el ciclo de la
historia. Desaparece un mundo y aparece otro. La misma palabra desaparición, encierra la entidad que ya
no está. La aparición, por el
contrario, ignora su propia fecha de caducidad. El mundo digital, el reino del software, no tienen aún fecha de caducidad.
Su era apenas inicia.
Estos cambios forzosamente
modifican nuestra experiencia humana, en especial la concepción de la memoria y
la transmisión del conocimiento. El criterio profesional, las razones por las
que un periodista o un fotógrafo, deciden exponer una situación de una manera y
no de otra, seleccionar un ángulo y no otro, se pliegan frente al cálculo, a
las estadísticas, las probabilidades, y los “deberes” con respecto a sus
financiadores.
Ahora bien, ¿estamos en capacidad de respondernos por qué habremos de defender las capacidades y el criterio profesional (humano) frente a la Inteligencia Artificial?
¿Con qué bases
podemos argumentar que el mundo que se viene es mejor o peor que el anterior?
Sustancialmente,
¿por qué la industrialización sería mejor que la era digital?
Esta segunda
llegada de Donald Trump ha sido reveladora de varias situaciones, y aparte de
lo que parece evidente (que no existe otro proyecto en Estados Unidos que le
haga frente), es llamativo cómo está desnudando al resto del mundo.
Ideológicamente también
devela fragilidades evidentes. Curiosamente, gran parte de la izquierda, que
mira a la Rusia de Putin con los ojitos enamorados, se calla cuando el
presidente estadounidense se decanta por el bando ruso en la guerra con
Ucrania, pero se indigna (y con toda razón) frente sus proyectos con el pueblo
palestino.
La misma moral de
geometría variable se ve con Europa, que por “pragmatismo”, sigue llamando
democracia a un país que no esconde sus simpatías por el nazismo. Ellos mismos,
de paso, se quedan calladitos al ver las medidas que toma el gobierno
estadounidense contra la inmigración. ¿Es mejor Von del Layen que Trump?, ¿qué autoridad
moral tiene Europa en esto? Ninguna, como no la tienen los países emisores,
porque sí, la primera responsabilidad de la deportación recae en los países que
expulsan a millones de sus connacionales.
En términos personales, ¿cómo hacer para que nosotros, como individuos, podamos aspirar a cierta coherencia en nuestras convicciones? ¿Cómo hacer para conectarnos con el mundo sin tener que pasar por interfaces que distorsionan la realidad?
En mi opinión, la apuesta debe consistir en transformar más sólida y menos volátil la experiencia del conocimiento.
Más estudio, más
cuestionamiento, más pensamiento crítico. No hay otra manera de lograrlo que
exponiéndose y combatiendo la inhibición de vivir, que es un signo actual del
inmovilismo que favorece la consolidación del sujeto-consumidor que suplanta a
la persona-ciudadana.
Ir en pos de un
conocimiento más sólido también implica renunciar a la facilidad y desafiar la
propia comodidad personal, implica, paradójicamente, saber adaptarse también al
mundo actual, adaptarse con una distancia, la necesaria, para entender los
motivos de un mundo que siempre es difícil de descodificar.
Es un pasaje
complejo, porque pone a prueba las propias convicciones, el propio ego, desafía
el presupuesto de que hay que mantenerse siempre fiel a sus ideas. El
conocimiento verdadero siempre desestabiliza.
Es necesario
aprender a hacerlo, aunque sea un proceso delicado, de lo contrario, en lo que
menos acordemos, ya nos habrán cambiado, con todo y nuestra silla.

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