Pacifiction, que en español se traduciría como pacificción, evoca una paz inventada,
que se tiene sobre pilares de ficción.
Con esto, Albert
Gerra, el director catalán, genial y extravagante, da el tono. La película
inicia con unos primeros planos de un crepúsculo, el mar, y un enorme sol
anaranjado, que anticipa un ambiente a lo Joseph Conrad. Por cierto, el título
hace alusión a un vagabundo de las islas,
la segunda novela de este autor, llevada al cine en 1952 por Carol Reed. La
película de Reed, por cierto, se encuentra gratuita en Youtube (y es una tarea
pendiente verla). También es inevitable pensar en Coppola y Apocalypsis now.
La historia se
desarrolla en un Tahití contemporáneo, administrado, aún, por los franceses. La
película se centra puntualmente en el personaje de De Roller, funcionario
francés y Alto Comisionado del Gobierno en Polinesia francesa.
Interpretado por
Benoît Magimel, el personaje es de una ambigüedad desconcertante, como se ve
poco en el cine de hoy, donde los personajes son chatos y sin misterio. De
paso, Magimel ganó el César por su
actuación y fue más que merecido. La narrativa de la cinta es escueta y la
película se centra en la creación de un ambiente, el ambiente colonial.
Reducir la
película a una metáfora es injusto, sin embargo, al verla es inevitable no
pensar en el viejo imperio francés en decadencia.
Magimel sabe que
tiene pocos medios para seguir “administrando” la isla, que los viejos aliados
se van, que nuevas fuerzas, más poderosas, empiezan a implantarse. ¿Los
gringos? ¿Los rusos? ¿Los chinos? ¿El mismo gobierno francés, desdoblado?
De Rollers,
entiende que gobierna un país cuya identidad travesti (los países colonizados
han tenido que travestirse durante los períodos de subyugación) se desbarata,
que la isla no es que se independiza, sino que pasa de mano. De Rollers es
consciente que la ficción a su cargo, caduca. Y durante toda la película, se
dedica a hacer política y a tratar de convencer a los actores con influencia,
que la nueva “ficción” quizá no sea para ellos la más conveniente.
Cada diálogo es
político, con doble filo. De paso, el guion, por momentos muy cómico (paródico
y cínico) es perfectamente ejecutado por todo el elenco. Magimel destaca, con
un uso de la palabra que le da a su actuación una teatralidad impresionante.
Promesa en sus
inicios, a pesar de nunca haberse salido del ruedo, el talento de Magimel se diluyó
bastante debido a su vida turbulenta.
Con más de 50 años
y marcado claramente por los excesos, era el casting perfecto para interpretar
este personaje. Al verlo, me recordó al Travolta resucitado por Tarantino.
Pacifiction es una excelente sorpresa en términos puramente
cinematográficos, pero también es una propuesta que busca comprender el poder.
Tres años después
de haber salido, tiene más vigencia que nunca, sobre todo en estos últimos
meses en los que Francia se ha metido en el rol de querer ser el jefe de
guerra de una Europa que se siente abandonada por Estados Unidos y amenazada
por los rusos. Sin restarle al gobierno de Putin su carácter imperialista e
implacable, los discursos europeos, especialmente franceses, que llaman
descaradamente a Rusia un enemigo, suenan cada vez más como una justificación
para restringir derechos, para radicalizar las sociedades, para hacer pasar la
píldora de una inversión enorme en Defensa en plena época de recortes de Salud,
de Educación…Y un ajuste de cuentas por el "robo" de los viejos feudos
coloniales en África.
En la película,
los tomadores de decisiones casi siempre andan bebidos, drogados y deciden el
porvenir de la isla mientras trasnochan en burdeles y en antros oscuros.
No es una visión caricatural del poder. Más de lo que imáginamos, la política se gobierna por el sexo, la cocaína y la degradación física y moral.
El destino de los
países sí se juega en manos de individuos que no están en sus cinco sentidos o
que, más bien, la corrupción y la ebriedad del poder los vuelven dementes.
Una cinta altamente
recomendable, con un ritmo propio, que debería tener más reconocimiento.

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