Pacifiction, tormenta en las islas, de Albert Gerra (2022)

 

 Pacifiction, se parece a pacificación, término militar, eufemismo para esconder “invasión” o “intervención”. Hace algunos años la intervención del ejército francés en Mali fue catalogada como una campaña de pacificación. El otro yo del discurso, la identidad que se esconde debajo de este travestismo, apunta a que Francia estaba haciendo frente a la avanzada rusa y china. Francia terminó retirándose, derrotado por el músculo de chinos, rusos y yijadistas, que han ido diezmando la esfera colonial francesa (todavía existe, por supuesto).

Pacifiction, que en español se traduciría como pacificción, evoca una paz inventada, que se tiene sobre pilares de ficción.

Con esto, Albert Gerra, el director catalán, genial y extravagante, da el tono. La película inicia con unos primeros planos de un crepúsculo, el mar, y un enorme sol anaranjado, que anticipa un ambiente a lo Joseph Conrad. Por cierto, el título hace alusión a un vagabundo de las islas, la segunda novela de este autor, llevada al cine en 1952 por Carol Reed. La película de Reed, por cierto, se encuentra gratuita en Youtube (y es una tarea pendiente verla). También es inevitable pensar en Coppola y Apocalypsis now.

La historia se desarrolla en un Tahití contemporáneo, administrado, aún, por los franceses. La película se centra puntualmente en el personaje de De Roller, funcionario francés y Alto Comisionado del Gobierno en Polinesia francesa.

Interpretado por Benoît Magimel, el personaje es de una ambigüedad desconcertante, como se ve poco en el cine de hoy, donde los personajes son chatos y sin misterio. De paso, Magimel ganó el César por su actuación y fue más que merecido. La narrativa de la cinta es escueta y la película se centra en la creación de un ambiente, el ambiente colonial.

Reducir la película a una metáfora es injusto, sin embargo, al verla es inevitable no pensar en el viejo imperio francés en decadencia.

Magimel sabe que tiene pocos medios para seguir “administrando” la isla, que los viejos aliados se van, que nuevas fuerzas, más poderosas, empiezan a implantarse. ¿Los gringos? ¿Los rusos? ¿Los chinos? ¿El mismo gobierno francés, desdoblado? 

De Rollers, entiende que gobierna un país cuya identidad travesti (los países colonizados han tenido que travestirse durante los períodos de subyugación) se desbarata, que la isla no es que se independiza, sino que pasa de mano. De Rollers es consciente que la ficción a su cargo, caduca. Y durante toda la película, se dedica a hacer política y a tratar de convencer a los actores con influencia, que la nueva “ficción” quizá no sea para ellos la más conveniente.

Cada diálogo es político, con doble filo. De paso, el guion, por momentos muy cómico (paródico y cínico) es perfectamente ejecutado por todo el elenco. Magimel destaca, con un uso de la palabra que le da a su actuación una teatralidad impresionante.

Promesa en sus inicios, a pesar de nunca haberse salido del ruedo, el talento de Magimel se diluyó bastante debido a su vida turbulenta.

Con más de 50 años y marcado claramente por los excesos, era el casting perfecto para interpretar este personaje. Al verlo, me recordó al Travolta resucitado por Tarantino.

Pacifiction es una excelente sorpresa en términos puramente cinematográficos, pero también es una propuesta que busca comprender el poder.

Tres años después de haber salido, tiene más vigencia que nunca, sobre todo en estos últimos meses en los que Francia se ha metido en el rol de querer ser el jefe de guerra de una Europa que se siente abandonada por Estados Unidos y amenazada por los rusos. Sin restarle al gobierno de Putin su carácter imperialista e implacable, los discursos europeos, especialmente franceses, que llaman descaradamente a Rusia un enemigo, suenan cada vez más como una justificación para restringir derechos, para radicalizar las sociedades, para hacer pasar la píldora de una inversión enorme en Defensa en plena época de recortes de Salud, de Educación…Y un ajuste de cuentas por el "robo" de los viejos feudos coloniales en África.  

En la película, los tomadores de decisiones casi siempre andan bebidos, drogados y deciden el porvenir de la isla mientras trasnochan en burdeles y en antros oscuros.

No es una visión caricatural del poder. Más de lo que imáginamos, la política se gobierna por el sexo, la cocaína y la degradación física y moral. 

El destino de los países sí se juega en manos de individuos que no están en sus cinco sentidos o que, más bien, la corrupción y la ebriedad del poder los vuelven dementes.

Una cinta altamente recomendable, con un ritmo propio, que debería tener más reconocimiento.   




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