¿Es una obra maestra el Nosferatu de
Robert Eggers? En mi opinión, sí lo es. En primer lugar, por su capacidad para
reconstituir un tiempo y espacio propio. Al ver la película, el espectador es
sustraído de su presente, de su ambiente, y es conducido a un espacio entre la
ficción y la historia, que se ubica entre Alemania y la Europa Central. Este
espacio geográfico-temporal, es una propuesta visual, una puesta en escena de
lo que Eggers parece interpretar como una zona
híbrida, entre una Alemania que se industrializa, opuesta a la región de los Cárpatos
y los Balcanes, donde todavía se preserva la magia.
Más allá del cine, se retrata dos mundos que coexisten en la misma Europa
y que hasta la actualidad, se desconocen el uno al otro. Aunque probablemente Europa
del Este, para Europa occidental, sigue siendo más desconocida que en sentido
inverso.
La escena donde llega el personaje de Thomas Hutter (con un contrato de
compra de casa para Nosferatu) a un
pueblo de gitanos donde todos se ríen de él tiene una resonancia filosófica
donde el descubrimiento y la sorpresa de la otredad adquieren un giro macabro
(la burla).
La burla, como expresión humana, es un gesto que puede ser aterrador por
su carácter enigmático y oscuro.
Más adelante, el mismo pensamiento racional de Hutter, le permite
sobreponerse a la amenaza sobrenatural de Nosferatu.
Toda la primera parte, desde el inicio de la película hasta la llegada al
castillo de Nosferatu es parca en
diálogo e intensa en imágenes.
Una señal de buen cine es cuando las imágenes hablan en lugar de las
palabras, cuando el espectador es conducido por una suerte de onirismo.
En este primer tercio de hora, Eggers plantó las bases para mostrar que había
entendido y profundizado en la obra de Bram Stoker.
Drácula, Nosferatu es esencialmente
lo mismo, es una novela que reconstituye una época en Europa, que pugnaba entre
el pensamiento racionalista y el pensamiento mágico-religioso. El estilo, la
simbología, la aproximaron al arte romántico y así es como ha entrado en la
historia. En mi opinión, Bram Stoker, más que apoyar una corriente, se sirvió
de ella por cuestiones estéticas.
Todo esto, se transmite en la obra de Eggers.
Las escenas de la peste bubónica (la película se ambienta en 1838, el
último brote de peste fue en 1812), que viene con Nosferatu y que asola la ciudad, parecen reconstituidas a través de
los testimonios de las pestes, de las pinturas y grabados. En ese fresco,
también acude a imágenes como las de la barcaza que recorre el río, o el cuerpo
del demente poseído, imágenes que bien podrían ser de Brueghel.
La armonía y eficacia con la que empleó todos esos recursos visuales, así
como el trabajo actoral de Lily Rose Deep, de Emma Corrin o de Wilhem Defoe, y
de los demás actores, demuestran que para la realización de la película hubo
mucho estudio y preparación.
La cinta está llena de detalles, de referencias, de recursos que se salen
de la manera actual de hacer cine.
Últimamente, el cine descuida la reconstrucción de los ambientes y ha caído en la facilidad en la transmisión de los mensajes.
En esta película, el decorado, la vestimenta es sublime y las escenas
contienen un realismo que demanda un trabajo de verdadera escenificación (se
emplearon 2000 ratas en las escenas donde aparecen, y el equipo de grabación
también trabajó en Transilvania).
Los personajes interpretan personas de la época, no son adaptaciones
contemporáneas del pasado.
Otro detalle interesante es que no busca hacer un efecto de espejo con
fines político-propagandísticos.
Bien se pudo haber hecho una película que remitiera, para el caso, a la
guerra entre Ucrania y Rusia, o también los estudios pudieron haberle torcido
la mano a Eggers para que crease una confrontación entre un occidente unificado
y un oriente, que va desde Europa del Este hasta el Medio Oriente.
El guion respeta el sentido de la novela y propone una historia de amor.
Fue un desafío hacer esta cinta, sobre todo por el peso y la recurrencia
en el cine que ha tenido el personaje de Drácula
y Nosferatu.
Yo diría que esta versión ha sido mejor que la de Coppola.
Queda como tarea pendiente volver a ver la obra de Murnau de 1922 y la de Werner Herzog de 1979.

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