Maixabel, de Iliar Bollaín (2021)

 

En 2000, el grupo terrorista vasco, ETA, asesinó a Juan María Jáuregui, miembro del Partido Socialista de Euskadi. En la película, dos integrantes de la organización entran a un restaurante donde está comiendo Jáuregui. El hombre está de espaldas. Le disparan en la cabeza y se dan a la fuga. Una vez llegados a puerto seguro, los asesinos (son tres) celebran y se introducen en el bosque.

Posteriormente, una secuencia muestra cuando María, la hija de Jáuregui, recibe la noticia, y otra cuando Maixabel, la esposa del político, se entera del atentado.

La recreación de estas escenas debe ser bien documentada, porque el caso Jáuregui se ha abordado profusamente a partir de la versión de los asesinos y la de sus familiares. La película tiene todas las intenciones de aportar a la “memoria”, de documentar un período y de explorar los caminos de los encuentros reparativos, que precisamente tuvieron lugar una década después del asesinato de Jáuregui.

Dos de los tres asesinos de este hombre, que llevaba tres años viviendo fuera de España al momento del asesinato, pidieron encontrarse con su viuda, Maixabel Laso, directora entre 2001 y 2012 de la Oficina de Atención a las Víctimas del Terrorismo del Gobierno Vasco.

Se trataron de encuentros difíciles, con preguntas desgarradoras y respuestas siempre insuficientes.

La película es una ventana donde se entrevé el sistema de justicia, vasco y español, cuya vocación, por lo menos en cierto tipo de casos, parece buscar una reconciliación. 

En el mundo actual, hay un pensamiento cada vez más dominante, ya sea de derecha como de izquierda, que proscribe las segundas oportunidades. La búsqueda utópica de una justicia próxima a un ideal, ha desaparecido de los discursos, porque es percibida como una abstracción que no redita electoralmente. Lastimosamente, ya no vivimos tiempos de reconciliación (y por eso esta película fue importante. De hecho, España entera se volcó a las salas para verla).

Como bien lo muestra la cinta, la búsqueda de reparación, de perdón, suele ser un ideal orgánico y hasta violentamente rechazado (tanto social, como políticamente). Basta ver los comentarios que dejan los usuarios en los videos de YouTube que promueven la película (hay una entrevista entre Blanca Portillo, la actriz y Maixabel) para corroborar que la búsqueda de justicia reparativa no tiene nada de popular.

Y precisamente no es un mal indicio. Un Sistema de Justicia funcional no debe ser plebiscitado ni politizado, y menos, buscar la popularidad. De ahí la importancia de que sea separado e independiente.

Personalmente, me hubiera gustado un poco más de contexto. El caso de Jáuregui ocurrió precisamente en los años Aznar, que, no hay que olvidar, acusó a ETA de los horribles atentados yihadistas en 2004, (Aznar se había unido a Bush y Blair en su “cruzada” en Irak y Afganistán).

También habría sido interesante explorar más el personaje de Jáuregui. Llevaba tres años como alto directivo de la empresa ALDEASA, privatizada en 1997 por Aznar. Antes de pasar a capital privado, esta corporación había sido uno de los “monstruos” estatales españoles, como Repsol o Telefónica, igualmente privatizados. Desde el 1997, tras las amenazas contra su vida, el Ministerio del Interior le había dado a Jáuregui un puesto en esta empresa.

Es un detalle, sin embargo, también puede sugerir que tenía altas conexiones con las esferas político-empresariales. No hay que olvidarlo, era un político. Sin embargo, en la película, se enfatiza y se retrata como una figura eminentemente progresista. ¿Se puede ser progresista y trabajar al mismo tiempo como responsable de una empresa estatal donde claramente las manos de Aznar estaban ahí metidas? (Esto no tiene nada que ver con el crimen, sin embargo, es un elemento que no se debe desdeñar para entender el panorama amplio). 

En la película, se repite el recorrido político de Jáuregui, iniciando por sus inicios en el Partido Comunista, su pasaje corto por un ETA anterior a la vía armada y su formación final en el Partido Socialista.

Hay un énfasis en la postura ideológica de esta figura, que, a mi criterio, fue explorado solamente en un vía. Mereció haber sido explicado más profusamente para tener una visión más completa del contexto. En una escena, uno de los verdugas explica su formación ideológica. Ayuda a entender un poco su visión. Sin embargo, subrepticiamente se da por sentado que la postura ideológica de Jáuregui y de Maixabel es incontestable e irreprochable. La mirada es sesgada. Para entender la justicia también es preciso entender el poder, ¿no?, y sobre todo, sus contradicciones y dicotomías.

A mi entender, no hay manera de comprender la Justicia sin hacer un esfuerzo por desnudar el poder. 

Es una película importante, valiosa, pero, hay que decirlo, también pudo haber ido más lejos.




   

 

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