Sin un lector digital, sería imposible acceder a libros
que ya no se venden en las librerías.
Los que
cambiaron y los que murieron se encuentra fácilmente en todo tipo de
formatos en línea, a precios verdaderamente accesibles. Es una novela corta,
escrita a inicios de los cincuenta, centrada en un pueblo inglés asolado por
una epidemia. La historia inicia con una inundación que se lleva por delante
animales, cosechas, bienes. Comyns, que también estudió arte y que estuvo
casada con un pintor, en estas primeras escenas despliega un lenguaje vivo,
plagado de imágenes poderosas, casi surrealistas. En 10 o 12 páginas sienta el
tono de la novela, a partir de ahí, el lector sabe que puede esperar cualquier
cosa. Y así sucede.
Lo que viene más adelante es la puesta en escena de una
especie de parábola, donde se va integrando una crítica estructurada de la
época.
Es difícil no asociar a la abuela tiránica, una de las
protagonistas principales, con la reina de Inglaterra, (una reina Victoria,
Isabel o cualquier otra). En pocas líneas, la retrata como una figura nacida
con el bastón de mando bajo el brazo, para quien subordinar a los demás es casi
un acto natural.
A inicios de los 50, el gran imperio británico comenzaba
a descalabrarse. Y eso sucede también en el pueblo, Warwickshire, que a la
manera de Comala o Macondo, es un pueblo-mundo.
La llegada de una epidemia desnuda el individualismo que
domina a la sociedad, mostrando que los lazos sociales en realidad no se
sostienen sino por puros intereses.
Comyns presenta una comunidad desprovista de auténtico
amor, funcional en la apariencia, corroída por adentro.
El tiempo de la novela transcurre en las primeras décadas
del siglo XX, cuando el mundo se preparaba para un futuro de cambios y
violencia extremas. La epidemia, que también recuerda nuestra propia pandemia,
quizá haya sido para Comyns una manera de tratar la presencia de la Gripe
Española, que diezmó tantas vidas como las que se perdieron en los campos de
guerra.
Hay un dato curioso con esta obra y es que fue prohibida
en Irlanda.
La versión oficial aduce que contenía escenas de
violencia insoportables para los lectores de ese país.
Si bien, quizá para la época, había ciertos pasajes
crudos, no creo que haya sido la razón de la censura. No me atrevería a lanzar
ninguna hipótesis, sin embargo, imagino que los censores percibieron en ese
campo abierto que permite la parábola, la filtración de discursos
controvertidos para los intereses del país. Puede ser, aunque Comyns no es
elogiosa con Inglaterra.
En términos puramente literarios, es un excelente ejemplo
del uso de la parábola como centro de gravedad de la novela.
La parábola, ampliamente utilizada en los libros
religiosos, es un recurso perfecto para crear reflejos, para ofrecer a los
lectores la posibilidad de una multiplicidad de interpretaciones. Con la
lectura fresca de Cien años de soledad,
la epidemia de Comyns me hizo pensar en la epidemia del insomnio que asolara
Macondo. De hecho, hay varias líneas entre esta novela y la obra de García
Márquez que se cruzan. Puede ser que el mismo García Márquez la haya leído y le
haya dado algunas ideas. O no.
En todo caso, lo fascinante de la literatura, y aquí
vuelvo a la carga contra la manera que se concibe en la actualidad, es que,
cuando es verdadera, transmite lo que no puede decirse a través de otras
disciplinas. El discurso de Los que
cambiaron y los que murieron solamente es exclusivo de este libro. Como todo
libro notable, es una pieza única, sin género preciso, hasta indefinible. Ahora
vivimos un tiempo en el que los libros se entienden y se agrupan por géneros y
categorías, algo que, facilita la logística y la organización de las
editoriales y las librerías, pero que restringe las auténticas intenciones de
una obra.
Es una lectura muy recomendable, sobre todo para quienes
buscan en este momento, libros que han asumido la valiente decisión de buscar
la utopía de la originalidad.

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