Los que cambiaron y los que murieron, de Barbara Comnys (1954)


Sin un lector digital, sería imposible acceder a libros que ya no se venden en las librerías.

Los que cambiaron y los que murieron se encuentra fácilmente en todo tipo de formatos en línea, a precios verdaderamente accesibles. Es una novela corta, escrita a inicios de los cincuenta, centrada en un pueblo inglés asolado por una epidemia. La historia inicia con una inundación que se lleva por delante animales, cosechas, bienes. Comyns, que también estudió arte y que estuvo casada con un pintor, en estas primeras escenas despliega un lenguaje vivo, plagado de imágenes poderosas, casi surrealistas. En 10 o 12 páginas sienta el tono de la novela, a partir de ahí, el lector sabe que puede esperar cualquier cosa. Y así sucede.

Lo que viene más adelante es la puesta en escena de una especie de parábola, donde se va integrando una crítica estructurada de la época.

Es difícil no asociar a la abuela tiránica, una de las protagonistas principales, con la reina de Inglaterra, (una reina Victoria, Isabel o cualquier otra). En pocas líneas, la retrata como una figura nacida con el bastón de mando bajo el brazo, para quien subordinar a los demás es casi un acto natural.

A inicios de los 50, el gran imperio británico comenzaba a descalabrarse. Y eso sucede también en el pueblo, Warwickshire, que a la manera de Comala o Macondo, es un pueblo-mundo. 

La llegada de una epidemia desnuda el individualismo que domina a la sociedad, mostrando que los lazos sociales en realidad no se sostienen sino por puros intereses.

Comyns presenta una comunidad desprovista de auténtico amor, funcional en la apariencia, corroída por adentro.

El tiempo de la novela transcurre en las primeras décadas del siglo XX, cuando el mundo se preparaba para un futuro de cambios y violencia extremas. La epidemia, que también recuerda nuestra propia pandemia, quizá haya sido para Comyns una manera de tratar la presencia de la Gripe Española, que diezmó tantas vidas como las que se perdieron en los campos de guerra.

Hay un dato curioso con esta obra y es que fue prohibida en Irlanda.

La versión oficial aduce que contenía escenas de violencia insoportables para los lectores de ese país.

Si bien, quizá para la época, había ciertos pasajes crudos, no creo que haya sido la razón de la censura. No me atrevería a lanzar ninguna hipótesis, sin embargo, imagino que los censores percibieron en ese campo abierto que permite la parábola, la filtración de discursos controvertidos para los intereses del país. Puede ser, aunque Comyns no es elogiosa con Inglaterra.

En términos puramente literarios, es un excelente ejemplo del uso de la parábola como centro de gravedad de la novela.

La parábola, ampliamente utilizada en los libros religiosos, es un recurso perfecto para crear reflejos, para ofrecer a los lectores la posibilidad de una multiplicidad de interpretaciones. Con la lectura fresca de Cien años de soledad, la epidemia de Comyns me hizo pensar en la epidemia del insomnio que asolara Macondo. De hecho, hay varias líneas entre esta novela y la obra de García Márquez que se cruzan. Puede ser que el mismo García Márquez la haya leído y le haya dado algunas ideas. O no.

En todo caso, lo fascinante de la literatura, y aquí vuelvo a la carga contra la manera que se concibe en la actualidad, es que, cuando es verdadera, transmite lo que no puede decirse a través de otras disciplinas. El discurso de Los que cambiaron y los que murieron solamente es exclusivo de este libro. Como todo libro notable, es una pieza única, sin género preciso, hasta indefinible. Ahora vivimos un tiempo en el que los libros se entienden y se agrupan por géneros y categorías, algo que, facilita la logística y la organización de las editoriales y las librerías, pero que restringe las auténticas intenciones de una obra.

Es una lectura muy recomendable, sobre todo para quienes buscan en este momento, libros que han asumido la valiente decisión de buscar la utopía de la originalidad.     





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