La habitación de Giovanni, de James Baldwin (1956)

 

Cuando era peligroso, cuando nadie o muy pocos hablaban al respecto, en 1956, James Baldwin, escribió la habitación de Giovanni, una novela que gira en torno al amor homosexual. Baldwin, además de ser homosexual, era negro. Si bien en 1956, las leyes segregacionistas comenzaban a abolirse, a inicios de año, un supremacista blanco había hecho estallar una bomba en la casa de Martin Luther King. Dicho esto, para hacerse una idea del ambiente de la época. De paso, James Baldwin también era de izquierdas, en pleno macartismo.

Vivía en París y era un autor reputado, que las editoriales, siempre al acecho del negocio, promovían entre un público, o un nicho bien específico. Pese a la rebeldía de su escritura, el sistema se las arreglaba para darle un espacio dentro de su circunscripción, y por supuesto, garantizar un filón del mercado.

Sin embargo, esta novela se salía de las coordenadas. Dijeron que se alejaba de su estilo anterior, y que ahuyentaría a su público, que había convertido Ve y dilo en la montaña en un libro más que rentable.

Excusas.

La habitación de Giovanni es una obra maestra de la novela corta, y, sobre todo, es una flecha en el corazón del arquetipo del hombre estadounidense, porque el personaje homosexual, David, es rubio, atlético, guapo, con un porvenir claro por delante. Y ahí estaba su subversión, una espada de Damocles.

Baldwin, alejándose del relato biográfico, se había inventado un personaje blanco que se muere por vivir su homosexualidad.

La habitación de Giovanni es la desacralización de un mito, es como partir a Tom Brady (el gran dios del fútbol amerciano) en dos.

Atención, al leerla no hay que irse con la finta ideológica. Baldwin no hace un ataque al hombre blanco heterosexual. Ni siquiera denuncia el racismo.

Lo que presenta es un estado de hechos sin necesidad de justificarlos o argumentarlos bajo la luz de una ideología (la literatura escrita con la pluma de la ideología suele ser mala).

Los hechos y la moral se muestran tal cual son. No hay cuerpo ideológico detrás, como hacía Sartre con sus novelas (aburridas a muerte).

Además, también hace una crítica del medio parisino, en los años en los que precisamente, Sartre o Gide, otro célebre homosexual, reinaban en la capital francesa. Por donde pasaba, Baldwin le daba la vuelta a la mesa. La novela también muestra la doble moral francesa, que no tiene nada que ver con el puritanismo gringo y donde opera la lógica de caballero de día, y loca de noche, cuya única regla es el respeto de los tiempos y el espacio.

No ha de haber sentado bien a los medios intelectuales (de todos los colores e ideologías) que conocieron este primer manuscrito, observar como un hombre negro y homosexual, que si bien, ya era reconocido por su calidad, se metía perfectamente en la piel del estadounidense modelo, entraba por los sueños de su inconsciente colectivo y abría el armario donde estaban escondidos figurones como un Edgar Hoover. Era un armario a reventar (como lo sigue siendo en la actualidad) donde se apelotonaban íconos culturales como Marlene Dietrich, Gary Grant o Burt Lancaster. De paso, uno de los grandes amigos de Baldwin, y con quien en su juventud compartió incluso una habitación de apartamento, fue Marlon Brando, quien siempre lo apoyó y que nunca renegó de su bisexualidad.

La habitación de Giovanni es una variación de La Metamorfosis de Kafka. En lugar de un bicho, David, gracias a Giovanni, se va transformando en lo que es. El lector va siguiendo con atención la evolución interior del personaje, sus dilemas. No le pesa su naturaleza como le pesa la mirada social. David se da cuenta lo difícil que es liberarse cuando ha sido constituido como una construcción conceptual, concebida para mantener el statu quo.

Fue escrita hace 70 años y, sin embargo, la novela no tiene una cana. Al parecer, durante la epidemia del VIH de los años 80, el libro se convirtió en una especie de sudario donde se limpiaban las hipocresías.

Cada personaje está perfectamente balanceado, y, sobre todo, en el pensamiento de Baldwin, no hay fisuras.

La novela es tan sólida, que ahora, cuando florece en la industria editorial la temática LGBTIQ+, probablemente las editoriales encontrarían razones para censurarla, porque, ante todo, es una obra literaria y no una pieza de propaganda. Baldwin invita al lector a que piense lo que quiera, sin orientar ni condicionar sus ideas.

Tampoco es una novela de nichos.

No es una novela gay. Está hecha igual para homosexuales o heterosexuales, para mujeres o para hombres, negros o blancos. No pertenece a una “categoría” de literatura, aunque por facilidad, se pretenda encuadrar. Es, ante todo, una novela que cuenta una historia de amor y un drama, y sobrevivirá a las modas, como supo abrirse paso en su momento cuando tenía todo en contra para nunca salir a la luz.



 



 

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