Automóviles, gente caminando, los típicos edificios
descoloridos de cualquier ciudad latinoamericana, un cierto entramado de
cables. Entre la cuarta Calle Poniente y la Calle El Progreso, sobre la 49
Avenida Sur, se encuentra el estadio Mágico González. Si se viene desde la
Calle Poniente, se divisa, desde unos doscientos metros, el mural con el torso
del ex futbolista. Es una imagen irruptora, que sacude las legañas de ese
paisaje urbano asfaltoso.
El antiguo estadio Flor Blanca, sobre el cual fue
reconstruido el Mágico González databa de 1932. Para la época, estuvo acorde
con su tiempo, pero noventa años después, se había convertido en un vetusto
monumento sin amor, de esos que abundan en las ciudades latinoamericanas, y que
provocan una nostalgia tramposa por el pasado, una losa que esconde la
inoperancia del presente y, sobre todo, la nula proyección hacia el futuro.
Del viejo Flor Blanca solamente queda el esqueleto. Y cero
nostalgias.
¿Parece un contrasentido? ¿No?, sobre todo, tratándose de
la figura de El Mágico.
Todos los que conocemos algo de fútbol sabemos que es uno
de los más grandes exponentes del fútbol nostálgico.
“El artista”, el “genio desaprovechado”, “el que pudo
haber sido el mejor”, “el rey sin corona”.
Las leyendas sobre el Mago, como le decían antes de que
se fuera a jugar a España, son interminables.
Los jóvenes lo descubren a retazos por las redes sociales.
Ni siquiera hay que entender de fútbol para comprender que su estética superlativa
no corresponde a este tiempo de fútbol musculoso y mecánico.
Hacer un estadio a su nombre, podía parecer la excusa
perfecta para sacar provecho político de su imagen y hacer proselitismo de la
nostalgia.
No parece ser esa la intención.
El estadio sí es un símbolo, pero más complejo de lo que se
ve a simple vista.
Comenzando porque es una proyección del futuro, un sitio
de ruptura con el espacio urbano que lo rodea y la punta de lanza de un
proyecto deportivo gubernamental.
Le cambió el aura a esa avenida, dándole un aire de
renovación y dinamismo que no existía, como ha ocurrido con otros edificios y renovaciones
en San Salvador.
El estadio juega una doble función, como espacio
deportivo (no solamente para eventos futbolísticos) y enclave cultural, del que
busca apoyarse el Instituto de los Deportes de El Salvador, (dirigido por Yamil
Bukele) para expandir su política socio-deportiva.
También podría considerarse como una contradicción la
valoración de la carrera deportiva del Mágico, lejos de los estándares
tradicionales del éxito. La estela gitana de Jorge González, su futbol-arte ha
estado disociado de lo que significa precisamente una carrera deportiva
ejemplar, donde priman valores como la disciplina, el rigor y por supuesto, los
millones (autos, yates, novias, ropa de lujo, contratos publicitarios, etc.)
Durante años al Mágico siempre se le ha visto como un
genio, pero que dilapidó su talento y que prefirió el humilde Cádiz al todo
poderoso Barcelona o Milán.
La reivindicación a través de esta obra, arquitectónica y
deportiva, es mostrar que no solamente es una leyenda deportiva global, sino
que, hay en su vida y en su manera de mirar el juego, una forma de poesía.
Y esta forma de poesía, vendría a integrar la escala de
valores de una nueva cultura deportiva salvadoreña (que a su vez se integra en
un nuevo proyecto de país).
Por su fama de juerguista, por su desidia, por su
indisciplina y rebeldía contra la carrera profesional de un futbolista de
élite, el Mágico ha sido injustamente asociado a jugadores que destruyeron su
vida, como Garrincha, Maradona, George Best o Paul Gascoigne.
Si bien hay innegablemente muchos puntos en común, a
diferencia de ellos, Jorge González, gambeteó la tragedia y el fracaso como ser
humano. Si bien no ganó campeonatos, obtuvo la gloria que le interesaba, y la
que aparentemente le bastaba para ser feliz.
A sus 68 años, se mantiene activo físicamente (juega
todas las semanas) y trabaja en lo que le gusta, que es el fútbol, en una
academia que precisamente se entrena en las instalaciones del estadio.
Pocos futbolistas de su edad pueden jactarse de estar en
su forma física.
Juega, se divierte, se levanta a la hora que le da la
gana y no vive en la pobreza (por una fuente fidedigna, supe que incluso se
quedó dormido el día de la inauguración del complejo deportivo, y que tuvieron
que irlo a traer a su casa).
Es el loco de siempre y no más, sin apoplejía, sin
parálisis, sin estrés, alimentando una imagen de perezoso que probablemente
también es un escudo protector para preservar su integridad de la exposición
pública.
El Mágico también parece haber gambeteado la vanidad que
produce el reconocimiento excesivo. Adora el fútbol, es su vida, pero no se lo
toma en serio. Por eso, con su talento, hizo arte y no carrera.
No se ve en su semblante los estragos de una vida jodida
y triste.
Ahí está, repitiendo las mismas cosas que decía desde
joven: que no le importaba el dinero, y que nunca pondría en riesgo su
libertad.
Con su sencillez casi folclórica, se encuentra en las
antípodas de un Pep Guardiola, que se las da de filósofo, pero que se araña la
cabeza hasta sacarse sangre cuando ve cómo se volatizan los cientos de millones
de dólares que cuesta la plantilla del Manchester City
La simbología del Mágico no entra dentro de las
coordenadas de la izquierda ni la derecha tradicional (todavía menos para la
derecha, que lo considera un fracaso y un haragán).
Su manera de expresión es emotiva. No puede negarse que,
a las puertas de ese estadio, se siente la energía de un mito futbolístico de
estatura global. Y el estadio se hizo a su imagen, sin corsé ideológico, sin
instrumentalización grosera.
¿Qué dice esto de la manera que tiene Bukele (¿los
Bukele?) de ver y hacer la política?
Ratifica la sensación de que es un político muy difícil
de descifrar.
Otro símbolo, más poderoso, es el de Monseñor Romero, que,
con Bukele parece tener una función sacra, icónica, más que católica o
izquierdista, y que está ahí con él, en todas las reuniones, incluso las que
mantiene con los empresarios más conservadores de la región, y sin duda, un
montón de empresarios locales que odiaban a monseñor.
Monseñor Romero está ahí como ícono, como en la ortodoxia
rusa (otro elemento complejo para definir).
Quien también brilla por su ausencia es el mismo Bukele,
cuya propia imagen está ausente en afiches o propagandas físicas. Está
omnipresente en las redes sociales, en una forma de virtualidad más penetrante
y hasta cierto punto espiritual. Sin duda, esta ausencia revela su pericia de
publicista y comunicador, al comando de una maquinaria muy eficaz de soft power.
El Salvador es un país que merece la pena verse y
estudiarse. A veces me hace pensar en los cuentos de Hans Christian Anderson, con
sus monstruos y sus sirenas, con sus personajes ambiguos y enigmáticos.
¿Es un renacer del país después de tantos años de guerras?
Ojalá así sea. Ojalá el éxito y la velocidad con la que se resolvió el enorme
problema de seguridad, se repita para garantizar la economía y la salud de los
salvadoreños.
Como en los cuentos de Anderson, todo puede ocurrir.
La esperanza, lo sabemos perfectamente en Latinoamérica,
en un amanecer se torna en pesadilla. Que no sea así y que el estadio Mágico
González, no vaya nunca a convertirse en un monumento más de la esperanza
traicionada.

¡Me encantó! ¡Has escrito algo hermoso!!!!! Saludos, primo. Óscar Flores López
ResponderEliminarGracias querido primo, andábamos en San Salvador, recorriendo a pie la ciudad, cuando nos encontramos con este estadio. Fue una sorpresa que le da todo un nuevo sentido al Mágico, a la zona urbana.
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