El abanico de seda, de Lisa Lee (2005)

 

En septiembre de 2004, moría Yang Yueqing, de 98 años. Esta anciana, viuda de un granjero, era el último hablante del nü shu, que se traduce de manera literal por la escritura de las mujeres. Se piensa que el nü shu se inventó en el siglo II, lo que es más certero, es que con la Revolución Cultural China entró en desuso, porque las mujeres, por fin, accedieron a beneficiar de una educación escolar formal.

Sin ser prohibida, el nü shu se preservaba para el mundo interior de las mujeres, como un espacio de mayor libertad, que les permitía evacuar las restricciones del mundo exterior, el de los hombres.

Tener una lengua propia, en un mundo codificado a un grado que nuestra formación occidental no es capaz de imaginar, era una puerta hacía una dimensión desconocida.

Antes de entrar en materia, y hacer la reseña de El abanico de seda, me pregunto si frente a la inminencia de la Inteligencia Artificial y el perfeccionamiento de los programas de tratamiento de textos, no tendremos que emplear nuevos subterfugios para comunicarnos de verdad. En otras palabras, crear lenguas interiores que se escapen de la captación de la Inteligencia Artificial.

Decía George Steiner que la destrucción del lenguaje es un anuncio inminente de las guerras. ¿Chatgpt y similares no son la destrucción del lenguaje?

Porque la destrucción también significa la homogenización y la conducción de la lógica por puertas únicas, que llevan a razonamientos previsibles.

El lenguaje, si algo tiene de maravilloso, es su inmensidad, su infinidad de posibilidades, la oportunidad que ofrece a la sorpresa.  

Hay que pensar en ir perfeccionando maneras de transmitir ideas escondidas en otras ideas, para ir burlando las censuras y las trampas.

Esta novela se ambienta en la China de mediados del siglo XIX, poco antes y durante esa guerra gigantesca y tan poco conocida que fue la Rebelión de Taiping, una guerra civil donde murieron entre 20 y 50 millones de personas (en otra reseña escribiremos sobre alguna novela ambientada directamente en esta guerra) y que enfrentó a la dinastía Qing y el Reino Celestial de la Gran Paz, liderado por Hong Xiuquan, que se consideraba a sí mismo como un hermano menor de Jesucristo.

La historia se desarrolla en la provincia de Hunan, y cuenta la relación de dos mujeres, Lirio Blanco y Flor de Nieve, unidas desde niñas por un lazo inquebrantable denominado laotong (como una especie de sororidad). Lirio Blanco, que viene de un ambiente pobre, ha sido descubierta por una intermediadora de matrimonios, que ha identificado en sus pies, la posibilidad de formar una mujer ideal, perfecta para casarla con una familia importante.

Al parecer, Lirio Blanco tiene todo el potencial para desarrollar unos pies maravillosos (valor supremo de las mujeres de esa época).

Por supuesto, se habla de las mujeres de los pies vendados. La madre procede a vendárselos y desde los seis o siete años, Lirio Blanco se convierte en un “proyecto” a futuro.

La intermediadora vincula a la niña con Flor de Nieve, una niña con los pies igualmente delicados, que proviene de una familia de alto rango. Las niñas, se convierten en laotong y desde muy pequeñas empiezan a crear un mundo propio.

Lisa See va entrando en este mundo como un testigo que no enjuicia. Con gran maestría narrativa, muestra la interioridad del mundo de las mujeres.

La historia es atravesada por la existencia del nü shu que practican y van perfeccionando las laotong. Gracias a este lenguaje es que pueden expresar sus verdaderos sentimientos y pensamientos, proscritos y hasta inexpresables en la lengua corriente.

A través de los ojos de Lirio Blanco, se va figurando un mundo difícil, codificado, donde las mujeres siempre están a punto de morir o de caer en desgracia.

Es una historia que evoluciona con el propio envejecimiento de los personajes. Mueren hijos, padres, hermanos. El país sucumbe en guerras (la Rebelión de Taiping), epidemias asolan a la población, unos caen en desgracia, otros, escalan posiciones. Es una de esas novelas que tienen lo mejor de la novelística de las sagas donde se retrata la gran pintura de la vida en el movimiento agitado de la Historia.

La autora logra exponer magistralmente la separación entre el mundo de las mujeres y el de los hombres, pero también entre las clases sociales, que precisamente condujeron a guerras cruentas como la Rebelión de Taiping y posteriormente la Revolución Cultural China, donde se terminó de una vez por todas con el modelo dinástico de las familias reales (se sustituyó por el Partido Comunista).

En una sociedad como esa (la de mediados del siglo XIX), era un auténtico milagro cuando el amor de matrimonio florecía; en la novela solamente hay uno de esos matrimonios que parece ser verdaderamente funcional.

La lealtad, la sumisión, la veneración y la obediencia anteceden al amor en la escala de valores. La vida de los pobres no valía nada y las mujeres, a menos que tuvieran las cualidades necesarias para casarse con “buenas familias”, apenas eran más valoradas que las bestias de carga. Y, aun así, les esperaba una vida de sumisión. Por supuesto que cada civilización se debe entender en su contexto, sin embargo, la sumisión, la subordinación, son condicionantes que no son inherentes a la naturaleza humana. Y, sin embargo, civilizaciones como la china, que probablemente sea la más rica de la historia de la humanidad, están fincadas en el sentido de la subordinación y la desigualdad.

Son reflexiones propias sobre la novela, la autora, por su parte, y eso es un punto a su favor, no tiene juicio. Los personajes hablan por sí mismos.

Es una novela perfectamente equilibrada, de una belleza y una profundidad raras.




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