Hace unos treinta años, Cien años de soledad todavía era el libro favorito de las reinas de belleza. Aún sin leerla, había que ser muy inculto para no saber que se trataba de una novela exuberante, de reputación casi mítica.
Todavía, a inicios del presente siglo, decirse lector era una virtud y ser culto podía traer ventajas en la vida.
Se tenía más o menos claro, sin menoscabo de clase social, que el mundo literario era una alternativa paralela al mundo real, donde cualquiera con un libro en la mano, podía encontrar refugio.
Inclusive en las ciudades sin librerías ni bibliotecas, las grandes obras impregnaban su aura en la vida de la gente. Y durante unas tres décadas, Cien años de soledad, como lo hiciera El Quijote en su tiempo, fue de bastión en bastión, conquistando bolsones de la realidad (incluso en aquellos lugares donde la palabra parecía muerta) para entregarlos a la maravilla de la imaginación.
En el siglo XX, ningún libro escrito en castellano tuvo tanta influencia como esta obra.
Hay dos factores que lo explican: el proyecto mercadotécnico que la impulsó y, por supuesto, su calidad.
A fines de los noventa (por marcar un período), la vitalidad mercadológica del libro ya estaba en sus últimas, como también el estilo “García Márquez”.
La edición conmemorativa de su quincuagésimo aniversario en 2017, ayudó a reinsertar la novela en el mercado, pero sobre todo, oficializó su estatus de obra “inmortal”.
No es un pecado decir que la prosa que empleó García Márquez para esta obra (algo que se celebró mucho en su momento), por momentos, más bien es un obstáculo. No porque sea intrincada, sino porque puede desviar la atención de la historia.
A mi gusto, la novela no destaca por el uso de la lengua, al contrario, creo que jugó peligrosamente con ella. No tiene la “magia” lingüística, que, por ejemplo, se despliega en Pedro Páramo o Rayuela, donde el verbo y la historia son indisociables.
Uno de los grandes méritos del libro es que sobrevivió a su estilo, y a grandes lamparones que pudieron lanzar la historia en un abismo.
De nuevo, igual que El Quijote, su fuerza se centra en su capacidad de resonancia y su peso filosófico.
Cien años de soledad tiene esa ambición shakesperiana de querer abarcarlo todo, pero insertándolo en una identidad particular, que es la hispana (no se excluye España). Me atrevo a decir que tiene el mismo peso que El Quijote y como este, no teme a la ridiculez.
Todos los conflictos de nuestro continente, desde la semilla hasta el “berenjenal”, como decía el mismo García Márquez, están contenidos en sus 471 páginas. La desigualdad entre hombres y mujeres, las guerras, el caudillismo, el elitismo, la virulencia política, el narcotráfico, la corrupción, la violencia, la presencia estadounidense, el incesto, el racismo, etc.
Macondo es el crisol de cada país latinoamericano, donde las riquezas y las bellezas, suelen ser transformadas en tragedias. Venezuela y Nicaragua, Argentina y México, Panamá y Ecuador...
Y los Buendía son los Perón, los Castro, los Bukele, los Torrijos, los Slim.
Es una obra poética (como la Divina Comedia) que se auto-procrea, que anuncia su ocaso y termina por echar la última palada de tierra a su propia tumba. Libro del origen y del fin. Es preciso detenerse un momento. Fue publicada en 1967, gestada durante 18 meses, en los que el escritor colombiano observó y sintió (porque el sentir es esencial. Una novela como esta tiene un gran componente intuitivo) que el mundo avanzaba hacia una era absolutamente nueva.
1967. Se terminaba un tiempo, comenzaba otro. Nevaba en la Ciudad de México en enero, asumía el poder Anastasio Somoza Debayle en Nicaragua, moría en Bolivia el Ché Guevara en octubre. García Márquez fue capaz de convertir en novela el movimiento del tiempo.
Cien años de soledad hay que imaginarla como una escultura del tiempo, rellenada con la historia, y que, para efectos de la novela, sigue la genealogía de una familia.
Trabajo de genio.
La estructura, permite que entren y salgan decenas de personajes diferentes; figurantes, personajes secundarios, que traen nuevos mundos, que abren la puerta a nuevas ventanas. Por ejemplo, aparece un exiliado coronel de la Revolución mexicana, un personaje extraído de La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes; en otro pasaje el coronel Aureliano Buendía viaja hasta Nicaragua, ¿cómo no imaginar que por ahí se hubiera encontrado con Sandino o que presenciara los horrores del régimen somocista?
Ya para el final, Cien años de soledad también entra en Rayuela de Cortázar. Y Macondo, se siente, se escribe también en París.
Otro dato curioso, la primera impresión de la novela fue el 30 de mayo de 1967, dos días después, el 1 de junio, los Beatles sacaban su álbum Sgt. Pepper’s Lonely Heart Club Band. Es difícil imaginar dos hitos tan influyentes de la cultura occidental en los últimos 70 años. Y como García Márquez a finales del libro, los miembros de los Beatles también se “insertaron” en su obra (en la famosa portada) y propusieron un álbum que era la suma de muchos tiempos. El inicio y también el final de una era.
Ahora que apareció la serie de Netflix (haremos la reseña cuando la veamos), también es la oportunidad de leer el libro, de hacer un ejercicio intelectual para comparar las dos versiones. Vale la pena preguntarse qué mensaje busca enviar la plataforma promoviendo esta serie.
Para quienes no han leído Cien años de Soledad, es hora de hacerlo. Son 471 páginas que se van en unas cuantas horas de Instagram, Whatsapp, Youtube.

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