Pequeño país, de Eric Barbier (2019)

 

En 2024 se cumplieron 40 años del genocidio de Ruanda. Para refrescar la memoria de esta tragedia, hay que recordar que en un país de la talla de El Salvador, entre abril y julio de 1994, se asesinaban un promedio de ocho mil a diez mil personas diariamente. Ni siquiera durante la Segunda Guerra Mundial hubo una densidad de muertes semejantes. La mayoría de las víctimas pertenecían a la etnia tutsi y la mayoría de los victimarios se reivindicaban como hutus.

Se calcula que las víctimas mortales fueron entre 800 mil y un millón. El conflicto entre tutsis y hutus llegó a su punto más álgido en 1994, pero se venía arrastrando desde hacías varias décadas y no solamente en Ruanda sino en países vecinos como Burundi, que inició una guerra civil en 1993 con las dos etnias como principales actores del conflicto (esta guerra finalizó en 2005, con un saldo de 300 mil muertos).

Hutus y tutsis se han masacrado a lo largo del tiempo, frente a la mirada oportunista de las ex potencias coloniales, quienes han alimentado y fomentado las divisiones, y, por supuesto, se han implantado como suministradores de armas.

Este episodio, espantoso, se conoce profusamente, pero se sabría más de él si las potencias occidentales (especialmente Francia y Estados Unidos, pero también Bélgica o Inglaterra) no tuvieran tanto que esconder.

Pequeño país, es una película que cuenta la destrucción de una familia durante la gestación de una guerra.

Es la adaptación del director francés Eric Barbier, del libro homónimo, del escritor y cantante franco-ruandés, Gaël Faye, publicado en 2016.

La historia se centra en una familia franco ruandesa, acomodada, que vive en Burundi, y que se deja atrapar por la espiral de la guerra.

El espectador se encuentra con una trama sólida, que se va desarrollando sin estereotipos, donde se presenta un cuadro sociocultural complejo y marcado por las desigualdades (económicas, étnicas, sociales, culturales).

A través de los ojos de Gabriel, un niño de unos 12 años, el espectador va comprendiendo la dimensión del conflicto (de Ruanda, que se extiende y se retroalimenta con el de Burundi), captando detalles que escapan a la mirada adulta.

Para quienes desconocemos el contexto africano, esta película es una maravillosa oportunidad de viajar e intuir un poquito de su historia.

Es un recorrido por los rescoldos coloniales, renovados ahora por potencias “nuevas” como China, Rusia, Israel o Arabia Saudita (siempre siguen los europeos y los gringos) que le suman a este continente nuevas semillas de guerras futuras.

La construcción de los personajes es precisa, bien dosificada, sin entrar en caricaturas. Como crítica, diría que les faltó trabajar la reconstrucción de los escenarios de 1993. El perfume de esos años no se percibe y por instantes, la mirada contemporánea se siente demasiado.

No he tenido la oportunidad de leer Pequeño país, del que se hablan cosas buenas. Leí en cambio Jacaranda (2024), la segunda novela de Faye, que confirma su importancia como escritor en la reconstrucción de la memora ruandesa.

Después de 40 años, Ruanda es un país de negocios. Kigali, su capital, es una ciudad de extremos miserables y multimillonarios. Las etnias siguen conviviendo con las heridas abiertas, pero los procesos abiertos de reparación y justicia pusieron un alto a la violencia. Obviamente, el genocidio sigue pesando y seguramente lo hará durante dos o tres generaciones más.

Vale la pena ver esta película, que al igual que el libro, es un esfuerzo descomunal para resumir, sin reducir, un evento tan atroz, imposible de comprender e integrar de manera racional.






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