Gringo Viejo, de Carlos Fuentes (1985)

Carlos Fuentes la tenía difícil en México. A diferencia de Colombia o Perú, que iniciaban con García Márquez y Vargas Llosa una nueva tradición literaria, en el México de Fuentes sobraban padres y madres. Amparo Dávila, Arreola y otros habían roto desde hacía tiempos con la novela costumbrista y regionalista. Es más, los dos libros de Rulfo se clasificaban como una nueva literatura, aunque en un inicio, sus críticos no lo hubieran percibido.

Los grandes temas de la literatura mexicana también habían sido abordados por maestros geniales como Alfonso Reyes y Octavio Paz.

En ese México, donde se removían los árboles y caían grandes cuentistas, novelistas, poetas, un joven Carlos Fuentes se fue abriendo espacio.

Siempre he pensado que no era el mejor narrador, que fue más ensayista que novelista y que, en lugar de escritor, pudo haber sido presidente. En contrapeso o como complemento a su talento natural, tenía algo de lo que carecían los demás, era un animal político y exudaba ambición. Era también un actor, un seductor y un maravilloso orador.

Y aparece en la escena cultural mexicana e internacional (porque se movía con destreza en otras latitudes) como una mímesis distorsionada, primero, del criollo colonial, forrado de confianza, y también la del heredero descarriado de la imagineria política. Fuentes es un reflejo en fuga, se escapa de un destino político, de una encarnación de la cultura príista. Es como el molde que después esculpiría en arcilla a una generación posterior a Gustavo Díaz Ordaz.

Carlos Fuentes no fue Manuel Barlett ni Miguel de la Madrid porque él le dio a la ambición de poder, un sentido simbólico y perdurable, el de la literatura. Era un hijo de la élite que aspiraba a algo mucho más trascendental que el simple enriquecimiento y poder.

Consiguió ser un actor mayor de la literatura mexicana e iberoamericana. Su obra, extensa y epistémicamente bien definida, le alcanzó para llegar a donde quizo, menos al Nobel (quizá su literatura un tanto híbrida, no convenció a los tomadores de decisiones).

A mí gusto, donde la fuerza de su escritura toca la cima, es en aquellas obras que imaginan el poder y que hasta cierto punto lo romantizan. El Naranjo, los hijos del Conquistador, la muerte de Artemio Cruz, por citar unas cuantas.

Fuentes se hace una pregunta trascendental que cruza toda su obra: ¿qué se ha perdido para acceder al poder?, ¿qué se ha ganado?, y la pregunta final, donde se reunen todos los dilemas, ¿valió la pena?

De la generación del Boom, fue el más faustiano de todos, incluso en su vida íntima, marcada por las tragedias (decía que solamente escribiendo había sido capaz de sobrevivir a la muerte de sus hijos).

Pero bien, aquí me tiene la reseña de Gringo viejo.

Con esta obra, conquistó Estados Unidos. Es una novela corta inserta en la inmensa planicie de la Revolución Mexicana, donde el escritor aborda otra de sus temáticas predilectas, la frontera.

Un gringo viejo, periodista del consorcio de William Randolph Hearst (la novela fue inspirada de una historia real), cruza la frontera estadounidense para irse a morir a México, en las huestes villistas.

La historia se detiene en un triángulo conformado por Harriet, el general Arroyo y el gringo, a la altura de una hacienda abandonada por una poderosa familia terrateniente que huyó para Francia.

Aquí, el escritor se lanza a una descripción del alma, del desenmascaramiento (otro de sus temas). Por momentos es brillante, pero también abusa de su intervención como narrador, como ensayista, como político.

Esta presencia es su fuerza y su debilidad, porque prodiga a sus libros de su pensamiento, pero también cercena las historias con su impronta.

Es un libro que ayuda a comprender la ambigüedad de la identidad cruzada entre ambos países, y no hay que buscarlo como una obra realista de la Revolución; es más bien un ensayo dentro de una novela.

Donde Fuentes se hizo a un lado y también se agradece, fue en los pasajes con Pancho Villa.

Ignoro la vigencia de su obra en México (tengo la impresión que diversos sectores han sido reacios a su figura), a doce años de su muerte, aparte de los actos conmemorativos usuales.

Tiene notables herederos, aunque ninguno tan ambicioso ni tan carismático como él. Ni tan faústicos, ni tan romáticos tampoco.

La novela va a cumplir el año que se aproxima, 40 años desde su publicación. No envejeció y las claves políticas que le dieron forma están más vigentes que nunca.






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