El Tercer Reich, de Roberto Bolaño (1988)

 

Bolaño perseguía el mal, trataba de entenderlo y lo encontraba, plegado en sus historias, entre la luz escurriéndose bajo el umbral de una puerta. Hay mucho de Poe en las novelas de Bolaño.

Buena parte de sus personajes más emblemáticos son ramificaciones de un centro distribuidor del mal, donde lo anodino a veces es la contracción de una historia inmensa. Bolaño los dota de un patrimonio que suelen llevar a su pesar y que ofrece las variantes del mal. La maldad aprendida, como la de los torturadores, la maldad heredada, la maldad depurada, etc.

El Tercer Reich se desarrolla en la Costa Azul española, a finales del verano, cuando los centros balnearios se vuelven escabrosos. Dos parejas de jóvenes turistas alemanes se hospedan en un hotel de playa. Uno de ellos trabaja en el mundo de los juegos de mesa y es especialista de un juego en particular llamado Tercer Reich. Es un juego de guerra, de conquista.

El alcohol, el dinero y el ocio van degenerando a las parejas, quienes paulatinamente sueltan las amarras de su verdadera personalidad. Son turistas cargados de billetes tras el sol mediterráneo, imbuidos en sí mismos y que miran a España como una colonia veraniega.

Del otro lado, se presenta una España todavía rancia, que desarrolla velozmente su industria del turismo, y que, al crecer, va dejándose los pellejos. Una España de servicios y una Alemania derrochadora, expuestas a las juergas interminables, el sol, el alcohol, el mar. De esto nada puede salir bien.  

Me resultó imposible no pensar que esos personajes, atraídos, en ciertos casos, a su pesar, por el vértigo de la violencia, no fuesen sino reproducciones en una escala reducida, de los nazis y los falangistas. Dos países que experimentaron el centro del mal, con una resaca que les siguió durando varias décadas.

Para mí, Bolaño quiso juntar el nazismo con el franquismo y contextualizarlo en la España de los ochenta, durante el pleno auge de la economía del turismo. El resultado, por supuesto, es una novela oscura, de ambientes peligrosos, de personajes que apenas se consiguen retener.

Decía Ricardo Piglia, el escritor argentino fallecido en 2017, que El Aleph de Borges, era una reducción miniatura de la Divina Comedia.  

En ese mismo sentido, El Tercer Reich también es un zumo de otras obras. Se me vino en mente el El doctor Faustus de Thomas Mann y la película Mephisto de Istvan Szavo. En todo caso, creo reconocer en la novela esa especie de mito germánico, del demonio seductor, que atrae al hombre hacia la maldad, el poder y la perdición.

En la historia esencialmente no pasa nada, y frente a esta nada los personajes van construyendo algo, pérfido, peligroso.

Una partida de Tercer Reich va dándole ritmo a la historia, así como el amorío entre la administradora del hotel y el joven protagonista.

Bolaño conoció bien esos ambientes turísticos españoles y los vivió como personaje de servicio, viendo precisamente lo que la gente no suele ocultar a los empleados “menores”.     

Es una novela breve, escrita con mucha destreza, que, por momentos, decae, pero que, en general, mantiene la tensión.




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