Cine puro, eso era Manoel de Oliveira. El extraño caso de Angélica fue su última película. Tenía 102 años al filmarla y era un sabio.
En un pequeño
poblado próximo a la ciudad de Porto vive Isaac, fotógrafo en sus treinta que
se mantiene fiel a la fotografía análoga y con ello, a una forma de percibir el
mundo que también implica un voto de sencillez y concentración, de reserva
frente a la velocidad y los estímulos del mundo actual. Vive en una pensión,
regentada por una señora, que alquila otros cuartos a tres inquilinos más.
Una mañana, Isaac
es solicitado para retratar a una mujer recientemente fallecida, miembro de una
familia rica y muy católica (el hecho de que Isaac sea judío parece ser un
factor importante para los otros personajes, aunque nunca se sabe exactamente
por qué razón; quizá Oliveira procuró simbolizar en este personaje a la cultura
judía portuguesa, tan rica y que fuera tan terriblemente perseguida en los
siglos anteriores).
Un poco intimidado
por el ambiente severo de la casa (precisamente fueron los reyes católicos
quienes expulsaron a los judíos), el fotógrafo empieza a retratar a la mujer, que
era de una extraordinaria belleza.
Mientras lo hace, de
pronto, la difunta se sonríe. Una sonrisa que solamente existe detrás del
encuadre de la cámara. Obviamente, Isaac reacciona asustado. Vuelve a enfocarla
y la mujer, nuevamente, se ríe. Termina de fotografiarla y sale
precipitadamente de la casa.
Es impresionante
cómo una escena tan simple puede estar tan llena de magia. Bastó ese momento
para meter la película en otra dimensión y permitir a Oliveira ejercer todas
sus libertades creativas.
Ese encuentro
tiene un impacto poderoso en el fotógrafo. Todas las noches sueña con ella. En
uno de los sueños, sobrevuelan el pueblo.
Cada mañana, en el
comedor de la pensión, desayunan los otros inquilinos. Entre otros temas,
conversan sobre el estado retraído del fotógrafo. Los diálogos son lo de menos,
lo que consigue Oliveira, y ese es el genio de los grandes cineastas, es crear
un ambiente particular.
Presenta a una
Portugal atemporal, que reside dentro de un país actual, pero que sigue
manteniendo su esencia.
Hay otra escena de
una fuerza social y poética enorme. Isaac se traslada a una colina próxima a la
comunidad, para fotografiar a un grupo de agricultores que cantan mientras
trabajan. Es otro instante con la llave para las libertades de exposición.
El cine de este
autor es patrimonio de la humanidad. Y la diferencia entre patrimonio cultural
y patrimonio económico es que todos los millones que costó Gladiador 2 no valen una escena como esta.
¿Qué nos está contando
Oliveira?
La historia es una excusa, en realidad nos
está hablando de Portugal. Cada uno de los personajes, es más, cada uno de los
planos fotográficos es un retrato de este fabuloso y enigmático país.
Un cine de
fundamentos, preminentemente un ejercicio de fotografía, poesía
y montaje. Como el de Fellini o Renoir, su cine es el kilómetro cero de este
arte.
Personalmente, procuro servirme del análisis de estas
obras de arte para juzgar lo que se produce actualmente.
Darse un tiempo para verlo también es un acto de
resistencia, una escuela de educación de la mirada.
Es un cine que en todo el sentido de la palabra
reivindica su consideración como séptimo arte, donde nada sobra y no hay
mentiras.
En la plataforma Filmin se pueden ver actualmente algunas de sus
obras. También hay una o dos películas gratuitas en Youtube.

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