Conversación secreta, de Francis Ford Coppola (1974)

Están los grandes actores estadounidenses de los setenta, los Pacino, los De Niro, los Hoffman, los Duvall y en otra categoría, inclasificable, se encuentra un rey sin corona, Gene Hackman.

Conversación secreta es una película menos celebrada y conocida de Coppola, aparecida en el mismo año que estalló el escándalo del Watergate (las escuchas telefónicas del aparato de Nixon).

En la cinta, el personaje de Hackman, es un especialista de la tecnología del espionaje, a quien un cliente poderoso (Robert Duvall) le encomienda espiar a una joven pareja.

Harry, así se llama el personaje, parece perturbado por esta historia, sin embargo, graba su conversación con relativa nitidez.

Asistido por Stanley (John Cazale, otro clásico de los 70), escuchan, transcriben y procuran descodificar la grabación.

Es una película que se suma a la revuelta producida por Watergate. En términos políticos, da una idea del papel de Francis Ford Coppola como director y miembro del aparato crítico del sistema.

La cinta sigue la misma línea de Blow Up, de Michealangelo Antonioni, inspirada a su vez del cuento de Julio Cortázar, las babas del diablo, donde se avizora la Inteligencia Artificial y la “autonomía” de las máquinas.

La preocupación toral es la invasión de las nuevas tecnologías y las estructuras de espionaje interior.

Después de un lustro de liberaciones sociales, de libertades sexuales, a mediados de los 70 el conservadurismo se había renovado, aportando como nuevo componente la sospecha del enemigo interior, que tanto peso había tenido durante la Guerra de Vietnam.

Durante la Guerra Fría, y en la narrativa que se impuso cuando concluyó, siempre se asoció a los países del bloque comunista, como Estados policiales.

Por supuesto que lo eran, sin embargo, Watergate probó que el poder en Estados Unidos también torpedeaba el sistema democrático.

Por eso fue tan importante el papel de la prensa, que vino a salvar al país de una crisis política mucho mayor (en ese entonces).

Conversación Secreta se centra también en el papel de los desarrolladores de tecnología y en su responsabilidad ética. Hackman está consciente de ello y procura resistirse.

Al final, queda atrapado en las trampas del poder.

Su personaje, ignoro si Coppola se lo propuso, es muy cortaziano. Harry toca el saxofón en las noches, vive como un fantasma, es un hombre siempre en fuga, como el personaje de El perseguidor. También se percibe una influencia de Hitchcock y de Antonioni.

Años más tarde, será Brian de Palma quien le dé continuación a esta idea de la persecución interior con Blow Out.

Casi se pudo haber creado un género, muy próximo al género negro.

Queda flotando una idea en el aire, y es la premonición de un gobierno estadounidense omnipresente en la vida de las personas, un monstruo que procura evadir a toda costa una imagen orwelliana. Es preciso hacer una segunda lectura con Conversación secreta y plantearse si no buscaba Coppola mostrar que en realidad la democracia en su país estaba secuestrada por un poder obsesionado en controlar a la gente, en hurgar sus vidas. El fin de los estados policiales del bloque comunista era preservar la cúpula del poder, ahogar las disidencias, negar la posibilidad de otras alternativas políticas, y por supuesto, mantener impune a una élite.

El gran Estado policial que es Estados Unidos busca esencialmente lo mismo, con la ventaja de que al volver al ciudadano un consumidor, le extirpa la consciencia política y lo vuelve dependiente de un modelo económico basado en el consumo.

El Estado policial existe y se resume en un teléfono celular.

Conversación secreta fue realizada entre los dos Padrino, en una época donde se estaba tambaleando la hegemonía estadounidense. La banda sonora de la película también es genial.

Aunque los aparatos de espionaje de la época, comparados con los actuales, son prehistóricos, los mecanismos de espionaje siguen iguales.   

Verla es una oportunidad para deslizarse en la “otra” obra de este genial director.




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