Pleasure, de Ninja Tyberg (2021)


Poquísimo se conoce sobre la industria del porno, cuyos ingresos se calculan alrededor de 100 mil millones de dólares. ¿Cuánta gente vive de esta industria? ¿Quiénes son sus principales inversionistas? ¿Cuáles son los límites de lo que es considerado una industria?

Incógnitas. Se sabe que Estados Unidos, con su infraestructura, tiene una presencia mayor en el mercado, sin embargo, la producción de porno está presente en todas partes del mundo, y sin grandes restricciones, más ahora, con tantas posibilidades de auto-producirse.

Se sabe que vender “contenido” en Only Fans, la plataforma del voyerismo por paga, puede resultar económicamente muy atractivo. 

No cabe duda, la era de oro del porno es ahora. Nunca el porno había tenido tanta influencia. Sin sus “aportes”, el marketing no sería el mismo, ni la cultura de la publicidad. Desde las efigies de las grandes compañías de perfumes, como Louis Vuitton, hasta la instagramer en ascenso, han bebido las infusiones del porno para carburar. Sexo obvio o disimulado, el porno está ahí.

En Pleasure, la directora, Ninja Tyberg, se acerca a este universo. En la película, una joven sueca, sin mayor pasado, una chica promedio de su país, sin miedos ni frenos sexuales, se lanza a una aventura en Estados Unidos, más precisamente en Los Ángeles, con el único objetivo de labrarse una carrera como actriz porno.

De una manera casi documental, Tyberg nos va paseando por la industria. La puesta en escena es excelente y resulta difícil distinguir la realidad de la ficción.

Sin excesos, pero con crudeza, observamos la violencia de ese medio, que, por lo visto, es bastante codificado, y que, consciente de los instintos que despierta, tiene sus propios mecanismos de preservación.

A pesar de ello, es una salvajada, hasta cierto punto consensuada, con una frontera porosa entre la violación y la actuación.

Para la cinta, Tyberg empleó figuras de ese universo, que se desenvolvieron perfectamente, aportando mucha fuerza a la cinta. El mundo del porno es una realidad paralela, subyugada por el sexo desprovisto de placer, que carbura con drogas, operaciones, dinero.

La joven tiene el talento para ir escalando y, sobre todo, una capacidad asombrosa para empacar los prejuicios y pensar con frialdad. Parece convencida de que le gusta, de que disfruta, lo afirma, sin embargo, es algo más lo que la motiva a adentrarse; ¿la revelación de un deseo incandescente de poder? ¿La profundidad de su propio abismo espiritual?

La película habla mucho de las generaciones actuales, que han nacido con los teléfonos celulares bajo el brazo, a quienes se les inserta en un sistema de aspiraciones centrado en el mundo material, de la apariencia, de la notoriedad. Y por supuesto, habla de la generación que le precedió, que habiendo conocido otros paradigmas, se arrodilló ante el dinero, olvidándose por completo de los saberes que pudo haber heredado.

Es el mundo iconódulo (adulador de la imagen) en su máxima expresión, con su propio sistema de códigos, un sistema moldeable al servicio de la seducción (y posteriormente la venta y comercialización de algo), donde sacar la lengua o entreabrir la boca generan millones de dólares.

Esta codificación es un remplazo del lenguaje y como tal, su destrucción. La destrucción del lenguaje, decía George Steiner, siempre anuncia el inicio de las guerras.

La cinta retrata de manera brillante a gente metida en las fauces de esta industria. Lo hace con una perspectiva multidimensional, nada reductiva, que muestra la complejidad de la situación.

Los diálogos son muy diestros, y sin circunvoluciones. Hay una escena en la que la protagonista conversa con un actor porno negro, quién le dice, con ironía, parafraseo: yo hago las escenas más proscritas, el tabú mayor de este género: las escenas interraciales. Y ella, que no viene con los prejuicios raciales norteamericanos se le ocurre una idea “brillante”. Los que vean la película la van a descubrir.

En la industria del porno, se valen los escupitajos, golpear a las mujeres, se vale cualquier bestialidad, sin embargo, las estructuras raciales, sociales, de género, se siguen manteniendo. Es más “condenable” “normalizar” a un negro en una escena porno (sin animalizarlo) que figurar una escena de incesto o una violación en masa.

La sexualidad es un termómetro social muy revelador, donde las libertades y las restricciones coexisten en un mismo espacio. Lo que dice el sexo de esta sociedad actual es horroroso. No se trata de un juicio moral. El verdadero problema es su mercantilización. El libertinaje era otro terreno, proscrito, de rebelión, de represión estatal; exhibía la hipocresía y la denunciaba. El porno es todo lo contrario: es el establishment, insaciable.

El porno está legitimado y es como el petróleo, lleno de productos derivados.

El político que se graba comiendo con las manos para verse popular hace porno, la ministra que muestra sus selfies en pantalones de yoga, hace porno. El escritor o escritora que se venden como un sueño erótico a través de su cuenta Instagram hacen porno. El activista LGTBVIQ+ que obtiene financiamientos enseñando las nalgas hace porno. Trump, por supuesto, es un presidente porno.

Una cinta muy bien lograda, que logró superar con bastante fortuna las lecciones morales y el mensaje biempensante.

 

 


 

 

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