Poquísimo se conoce sobre la industria del porno, cuyos ingresos se calculan alrededor de 100 mil millones de dólares. ¿Cuánta gente vive de esta industria? ¿Quiénes son sus principales inversionistas? ¿Cuáles son los límites de lo que es considerado una industria?
Incógnitas. Se
sabe que Estados Unidos, con su infraestructura, tiene una presencia mayor en
el mercado, sin embargo, la producción de porno está presente en todas partes
del mundo, y sin grandes restricciones, más ahora, con tantas posibilidades de
auto-producirse.
Se sabe que vender
“contenido” en Only Fans, la
plataforma del voyerismo por paga, puede resultar económicamente muy
atractivo.
No cabe duda, la
era de oro del porno es ahora. Nunca el porno había tenido tanta influencia. Sin
sus “aportes”, el marketing no sería
el mismo, ni la cultura de la publicidad. Desde las efigies de las grandes
compañías de perfumes, como Louis Vuitton, hasta la instagramer en ascenso, han bebido las infusiones del porno para
carburar. Sexo obvio o disimulado, el porno está ahí.
En Pleasure, la directora, Ninja Tyberg, se acerca a este universo. En la película, una joven sueca, sin mayor pasado, una chica promedio de su país, sin miedos ni frenos sexuales, se lanza a una aventura en Estados Unidos, más precisamente en Los Ángeles, con el único objetivo de labrarse una carrera como actriz porno.
De una manera casi
documental, Tyberg nos va paseando por la industria. La puesta en escena es
excelente y resulta difícil distinguir la realidad de la ficción.
Sin excesos, pero
con crudeza, observamos la violencia de ese medio, que, por lo visto, es
bastante codificado, y que, consciente de los instintos que despierta, tiene
sus propios mecanismos de preservación.
A pesar de ello,
es una salvajada, hasta cierto punto consensuada, con una frontera porosa entre
la violación y la actuación.
Para la cinta,
Tyberg empleó figuras de ese universo, que se desenvolvieron perfectamente,
aportando mucha fuerza a la cinta. El mundo del porno es una realidad paralela,
subyugada por el sexo desprovisto de placer, que carbura con drogas,
operaciones, dinero.
La joven tiene el
talento para ir escalando y, sobre todo, una capacidad asombrosa para empacar
los prejuicios y pensar con frialdad. Parece convencida de que le gusta, de que
disfruta, lo afirma, sin embargo, es algo más lo que la motiva a adentrarse;
¿la revelación de un deseo incandescente de poder? ¿La profundidad de su propio
abismo espiritual?
La película habla mucho de las generaciones actuales, que han nacido con los teléfonos celulares bajo el brazo, a quienes se les inserta en un sistema de aspiraciones centrado en el mundo material, de la apariencia, de la notoriedad. Y por supuesto, habla de la generación que le precedió, que habiendo conocido otros paradigmas, se arrodilló ante el dinero, olvidándose por completo de los saberes que pudo haber heredado.
Es el mundo
iconódulo (adulador de la imagen) en su máxima expresión, con su propio sistema
de códigos, un sistema moldeable al servicio de la seducción (y posteriormente
la venta y comercialización de algo), donde sacar la lengua o entreabrir la
boca generan millones de dólares.
Esta codificación
es un remplazo del lenguaje y como tal, su destrucción. La destrucción del
lenguaje, decía George Steiner, siempre anuncia el inicio de las guerras.
La cinta retrata
de manera brillante a gente metida en las fauces de esta industria. Lo hace con una perspectiva
multidimensional, nada reductiva, que muestra la complejidad de la situación.
Los diálogos son
muy diestros, y sin circunvoluciones. Hay una escena en la que la protagonista
conversa con un actor porno negro, quién le dice, con ironía, parafraseo: yo hago las escenas más proscritas, el tabú
mayor de este género: las escenas interraciales. Y ella, que no viene con los prejuicios
raciales norteamericanos se le ocurre una idea “brillante”. Los que vean la
película la van a descubrir.
En la industria
del porno, se valen los escupitajos, golpear a las mujeres, se vale cualquier
bestialidad, sin embargo, las estructuras raciales, sociales, de género, se
siguen manteniendo. Es más “condenable” “normalizar” a un negro en una escena
porno (sin animalizarlo) que figurar una escena de incesto o una violación en
masa.
La sexualidad es
un termómetro social muy revelador, donde las libertades y las restricciones
coexisten en un mismo espacio. Lo que dice el sexo de esta sociedad actual es
horroroso. No se trata de un juicio moral. El verdadero problema es su mercantilización. El libertinaje era otro terreno, proscrito, de
rebelión, de represión estatal; exhibía la hipocresía y la denunciaba. El porno
es todo lo contrario: es el establishment, insaciable.
El porno está
legitimado y es como el petróleo, lleno de productos derivados.
El político que se
graba comiendo con las manos para verse popular hace porno, la ministra que
muestra sus selfies en pantalones de yoga, hace porno. El escritor o escritora
que se venden como un sueño erótico a través de su cuenta Instagram hacen
porno. El activista LGTBVIQ+ que obtiene financiamientos enseñando las nalgas
hace porno. Trump, por supuesto, es un presidente porno.
Una cinta muy bien
lograda, que logró superar con bastante fortuna las lecciones morales y el
mensaje biempensante.
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