La última novela
de Philip Roth, que al momento de escribirla tenía 77 años, es una novela sobre
la juventud malograda.
Los grandes
autores, Roth ha sido uno de ellos, sorprenden por su capacidad para encontrar
temas diferentes, necesarios, en tiempos de mismidad
y repetición.
La obra de Roth
trata al humano como una línea recta que se tuerce. Es la vida. El error, la
máscara, en este caso, la enfermedad ese accidente que da un golpe de timón.
La historia
transcurre en Nueva York, al inicio de los años cuarenta, cuando la ciudad fue
devastada por una epidemia de polio.
Un joven atleta, Bucky,
responsable de una colonia de vacaciones veraniegas para niños y jóvenes, ve cómo
varios de los chicos que están bajo su tutela, caen enfermos y muertos por la
polio.
Es inevitable
comparar el ambiente ansiolítico de la novela con la pandemia que vivimos en
2020 y 2021.
Los hospitales
están desbordados, los servicios médicos no saben qué hacer, personas que en principio
se veían fuertes, mueren.
Ante las dudas y
los miedos, aparecen las acusaciones infundadas, el racismo, la estupidez, los
rumores que se disfrazan de verdades.
Bucky, el
protagonista principal de la historia, es un joven valiente y con un sentido de
la responsabilidad incuestionable, que protege a su grupo como puede, con
inteligencia y madurez.
Tiene un sentido
de la responsabilidad quizá un poco exacerbado por su historia de vida. Huérfano
desde muy pequeño, se ha criado con sus abuelos, quienes le brindaron la crianza
del crepúsculo de la vida, una crianza reposada y prudente.
Bucky, en el
campamento, atraviesa una guerra, con bajas y tragedia, que de alguna manera
compensa, por lo menos ante su propia concepción ética del deber, su exclusión,
por una serie de impedimentos físicos, de la guerra que se libra en Europa en
esos momentos.
La línea de su
vida, la que tan bien sabe retratar Roth, empieza a torcerse cuando acepta un
trabajo sin riesgos, al lado de su prometida, en otra colonia de jóvenes, lejos
de la epidemia.
Sin estar
convencido de lo que hace, cede ante las súplicas y el amor de su novia, quien
le pide que se aleje de la epidemia para venir a su encuentro en un lugar
tranquilo y seguro.
La idea de dejar
la colonia en crisis le resulta insoportable, Bucky no es de los que renuncia,
sin embargo, su razonamiento, también lo persuade de que no debe sentirse un
héroe y que, con él o sin él, el destino de los jóvenes de la colonia no
cambiará.
Aquí Roth presenta
un dilema interesante, la creencia o suposición de que una persona puede tener
una misión predestinada frente a un colectivo, frente a la asunción de vivir
una existencia personal, que se limita al círculo cercano del individuo.
En otras palabras,
Bucky se pregunta si quiere imaginarse su propia historia como un héroe o si prefiere
aceptar con humildad sus límites y perseguir una vida donde la promesa es la
felicidad doméstica.
Opta por la
segunda. Y lo primero que obtiene es la felicidad de su prometida. En el
encuentro entre los dos, media una escena genial, impresionista, en medio de un
viaje en canoa.
Bucky vive un poco
de felicidad, aunque sin estar convencido de haber hecho lo correcto. Y luego la línea se tuerce.
La literatura de
Roth expone de una manera magistral grandes dilemas de la cultura
estadounidense, pero también del pensamiento de su propia cultura judía, donde
el poder de la escritura es fundamental. ¿Existe el destino? ¿O somos nada más
consecuencia de nuestros actos?
Si no han entrado
a leer la obra de Roth, será una dicha para aquellos que se apasionan por la
literatura, porque descubrirán en él un autor total.
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