En abril de 2008, un grupo de fiscales hondureños iniciaban una huelga de hambre para protestar contra la corrupción del sistema.
A los pocos días, la huelga empezó a transformarse en movimiento.
La historia se conoce, lo que no ha sido rescatado en su justa dimensión, es que la huelga de los fiscales fue precursora, o una de las primeras huelgas mundiales, que señalaban la corrupción endémica como responsable directa del fracaso del sistema.
En otras palabras, fue un momento de vanguardia y de una energía particular, que no se ha repetido.
Esta huelga, anterior a la de Wall Street o la de los Indignados, apenas trascendió nuestras fronteras.
Y, contrariamente a países como Chile o España, no logró capitalizar el momento para acuerparlo como un proyecto político nacional fundador (¿pudo haber derivado en una revolución?).
Una de las razones principales de este crecimiento truncado, es que la energía de la huelga se la apropió el entonces presidente Mel Zelaya.
A mediados de 2008, Zelaya ya era un presidente con un pie fuera, arrastrándose para llegar al último tramo de su período.
Y la huelga le llegó como una inyección de vida, inesperada y sorprendente. Hay que decir que Zelaya mostró un instinto político y una astucia sorprendente al reconocer que estaba frente a una manifestación de indignación legítima, real, poderosa, como no se veía hacía tiempos.
Sirviéndose de su energía, que también identificaron otros oportunistas, como el pastor Evelio Reyes, Zelaya se armó de una nueva candidatura y recicló una piñata que ya estaba en alambres.
La huelga fue el punto de quiebre de Zelaya, un hito apócrifo y ninguneado en su propio historial político.
A 17 años (que no es gran cosa en términos políticos), la energía de aquella huelga sigue presente, en diversas esferas, a pesar de que sus protagonistas, hayan cogido caminos diferentes.
Fue un hito fundador, que aún no ha llegado a su tiempo de maduración.
Crear una nueva estructura de ideas
2025 no es lo mismo que 2008, está más próximo a 2030 o a 2035. El combate contra la corrupción y la impunidad están más vigentes que nunca, sin embargo, como estructuras discursivas, han sido vaciadas y maltrechas por retóricas utilitarias.
El trabajo de restauración de estos discursos necesita de nuevas sinergias (como ya se hace, sumando temas ecológicos, de género, etc.), pero requiere, sobre todo, de un nuevo cuerpo de ideas, fresco, no politiquero, armado para superar las limitaciones ideológicas.
En otras palabras, un discurso que siendo confrontativo, sea a su vez consensual.
Si tras el golpe de Estado, el desafío político era superar el bipartidismo, el desafío actual es crear un proyecto por encima de las diferencias partidistas. No se trata de imaginar un monstruo como el priismo mexicano, el viejo peronismo argentino, o el MORENA mexicano actual, camino al que se dirige LIBRE, sino un movimiento con una forma diferente de estructurar las ideas.
¿Cómo escaparse de las ideologías que federan movimientos y organizaciones partidistas? ¿Cómo descartar los elementos perniciosos de la cultura política, enraízados en la manera de proceder de los líderes en todas las esferas?
Actualmente, las sociedades, por dispares y distintas que sean, se enfrentan a un problema enorme, gigantesco, que está destruyendo los tejidos sociales y los proyectos de Estado.
Se resume en la pérdida de un derecho fundamental, el derecho de beneficiar de la realidad.
Y la respuesta para crear una estructura de ideas diferentes e innovadoras, que se escapan de la clasificación y la instrumentalización, se encuentra en reivindicar y luchar por beneficiar del derecho a la realidad.
A primera vista se escucha como algo muy abstracto y teórico. No lo es.
La fuerza de la huelga de los fiscales radicaba precisamente en que observaba, presentaba y buscaba transmitir una realidad tal cual era; la realidad de que el Sistema de Justicia hondureño está diseñado para preservar la corrupción.
El movimiento, durante las pocas semanas que duró la huelga demostró que dentro del mismo Estado, existen fuerzas diversas, con raigambres ideológicas y afiliaciones políticas distintas, capaces de mirar el problema de la misma manera, capaces, a pesar de todas las dificultades, de llegar a un común acuerdo para combatir los problemas, las trampas que obstruyen la realidad.
El peso de las redes sociales, el flujo indiscriminado de información que permiten los teléfonos, las falsas informaciones, las informaciones parciales y sesgadas, las censuras digitales, el poder de las imágenes, más las disparidades que permite el uso y el manejo de las tecnologías digitales, entre otros elementos, han trastocado por completo el sentido de nuestra realidad, primero como individuos, luego, en comunidad. En 2008, estos procesos eran aún incipientes. Ahora estamos en plena vorágine.
A estas alturas, en 2025, los partidos políticos no pueden prescindir de las redes sociales, que son las que van dándole el tono a todo. Y los medios más influyentes, lejos de ser consorcios periodísticos, replican los mecanismos y los ecos que transmiten las redes, como cajas de resonancia de alto alcance.
Es un estado de cosas temporal que avanza hacia su implosión.
Tarde o temprano, este engaño orweliano se va a venir abajo, justamente como se vinieron abajo sistemas que parecían invencibles. El mismo sistema capitalista, precisamente en 2008 se cayó.
Se vino abajo y no nos dimos cuenta.
No nos dimos cuenta que pasamos a otra fase, más avanzada y autodestructiva.
Las revoluciones por recobrar la capacidad para percibir la realidad son posibles y menos difíciles de lo que parecen.
Por supuesto, se necesita un plan, una comunicación diferente, un gran trabajo de sensibilización y preparación. El verdadero periodismo, al que ya se ha dado por muerto, puede volver a jugar un papel importante. Es claro que no se puede prescindir de las redes ni de las nuevas tecnologías, pero se pueden subordinar e invertir sus roles.
Es imperdonable y ahí está la falla, que a estas alturas, con todas las facilidades para comunicar, se ignore en la capital, por ejemplo, lo que realmente sucede en el interior del país. Sucede en todo el mundo.
Ocurre en todos los ámbitos. Vivimos una auténtica crisis de desinformación, con pantallas que nos presentan la realidad distorsionada.
Con mucho trabajo, es posible, ir eliminando poco a poco las cortinas y transmitiendo los mensajes sin intermediaciones.
Corresponde a los nuevos liderazgos seguir avanzando en la clarificación de la realidad. Solamente de esa manera, se irán constituyendo las verdaderas sinergias para darle forma a los movimientos sociales y ciudadanos capaces de construir un nuevo imaginario político hondureño.

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