Desde finales de 2009, cuando vi por primera vez El secreto de sus ojos, inconscientemente, he buscado reproducir la experiencia.
La misma. Eso,
evidentemente, es imposible: la vida, ya sabemos, es un río, y las
experiencias nunca se repiten de manera idéntica.
En el camino
descubrí otras emociones, como ciertas películas coreanas de la dictadura de
los 80. Pero la emoción precisa que me despertó El secreto de sus ojos, nunca más. No digo que haya sido una
emoción mejor que otras, simplemente se presentó en el momento adecuado. Ciertas novelas, como El hombre que amaba los perros y Conversación en la Catedral, a la que siempre vuelvo, me han provocado sensaciones similares.
Hace un par de
meses me encontré con el libro La
pregunta de sus ojos, de donde se extrajo la película y agradecí no haberlo
leído antes. Salchieri, además, fue quien escribió el guion de la película, así
que ya iba anticipándome que si bien, no obtendría la misma y anhelada
emoción, al menos conseguiría algo similar.
Y no me equivoqué.
El libro y la
película son una sola y misma entidad, con ciertas variantes, pero
esencialmente, son reflejos del mismo espejo.
Con la misma intensidad se respira el peligro de los años de la dictadura argentina.
En los buenos libros, la historia se completa en la cabeza de los
lectores. Aquí reside la fuerza de esta obra (la película y el libro).
Otro punto fuerte, evocado en otras reseñas, es la capacidad de proyectar la gran Historia a través de la historia individual.
Un personaje terrible como Romano, el enemigo de Espósito en la Corte, habla con el lenguaje de la dictadura, el lenguaje de la pudrición y la impunidad. Basta escucharlo para comprender la violencia del régimen.
En nuestro
continente, tristemente, casi todos hemos sido testigos o víctimas de abusos de
poder. La impunidad se campea por nuestras vidas, entra en nuestra esfera
privada, y muchas veces nos derrota.
Gran parte de nuestras decisiones, desde las más insignificantes, están normadas por condiciones exteriores que provienen directamente de abusos de poder, vacíos de poder o la omnipresencia del poder.
El poder y la política son los grandes bloques que moldean nuestras existencias, por lo tanto, cuando son representados con maestría en el arte, somos especialmente sensibles.
Años después de los tiempos convulsos, los personajes, por fin, parecen disfrutar de un cierto margen de maniobra para conducir sus propias vidas como quieren.
Espósito, un hombre en sus cincuenta, al regresar al pasado, aprende a conducir su camino. No es que antes careciera de las facultades para hacerlo, es que las circunstancias no se lo habían permitido.
Nos identificamos con él porque es un personaje con procesos truncados e inconclusos.
Se parece a nuestras vidas latinoamericanas, hijas de la arbitrariedad, regidas por dioses y demonios inútiles y dañinos.
Espósito busca entender su pasado donde encuentra el secreto de su propia fuerza de combate. Ahí está el amor que siente por Irene, el amor inconfesable. Y mientras va elucidando ese pasado, la posibilidad de rearmar su presente se vuelve realizable.
Me queda una nueva tarea: buscar otras novelas de Salchieri. Vi La odisea de los giles, basada en otras de sus obras. Entretenida y poco más.
Si descubro algo nuevo, lo
sabrán.
Posdata:
En 2009, vi El secreto de sus ojos en un cine de Buenos Aires. La película ya estaba nominada al Oscar a mejor película extranjera, pero todavía no lo había ganado.
Era una tarde,
creo, que de inicios otoño. Era un viejo cine, uno de tantos, próximo a la gran
avenida de Corrientes.
Cada vez que aparecía
el personaje de Francella la gente se moría de la risa, sin embargo, en la
sala, no dejaba de percibirse cierta tensión.
La gente aplaudió
al final. Algunos lloraban. Mientras evacuaba la sala, una imagen terrible me
paralizó. En el tramo superior de las escaleras estaba dibujada una enorme cruz
gramada negra, bien delineada, groseramente visible.
Se me hizo
inconcebible pensar como una imagen tan horrorosa podía estar expuesta de
manera tan fácil en ese lugar. En taquillas, se lo mencioné a uno de los
empleados, quien se alzó de hombros, no con indiferencia, se alzó de hombros
como quien no entiende tampoco qué sucede.
Nuestra historia
está viva. No cabe duda.

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