Feliz Navidad señor Lawrence, de Nagisa Oshima (1983)

 

David Bowie enterrado en la arena y Ryūichi Sakamoto cortándole un mechón de pelo, es, probablemente, una de las imágenes más icónicas de la historia del cine.

Un encuentro de este tipo, solamente es posible bajo dos condiciones: en el cine o en una guerra. Aquí se juntan las dos, porque es una escena de una película de guerra.

Bowie es bien conocido, menos, en cambio, por lo menos en este lado del mundo, lo fue Sakamoto (murió en 2023), inmenso músico japonés, autor de bandas sonoras inolvidables, como la de El último emperador, de Bernardo Bertolucci.

A Nagisa Oshima, que revolvió el mundo del cine con el díptico El imperio de los sentidos y El imperio de la pasión, se le ocurrió juntarlos para hacer una de las películas de guerra más fascinantes que jamás se hayan hecho.

Feliz Navidad señor Lawrence se sumerge en la Segunda Guerra Mundial, en la isla de Java, Indonesia, conquistada por el ejército japonés. Centenares de soldados europeos, especialmente ingleses, son prisioneros del ejército Nipón, que a esas alturas, 1942, es imparable.

La película comienza con una escena terrible: un soldado coreano es forzado por las autoridades a hacerse un Hara kiri (suicidio mediante una daga). No se dice exactamente por qué razón, pero se presume que participó con otro prisionero, un soldado holandés, en una relación homosexual.

Esta escena da el tono de la película. Oshima propone una visión de la guerra, donde los hombres primero se hacen violencia a sí mismos. A la diferencia del cine norteamericano, aquí la guerra no se hace a balazos, tanques ni helicópteros.

El corazón del conflicto, según Oshima, es la sumisión, irrigada con latigazos y bastonazos. La sumisión, primero, de la propia persona.

La sumisión se realiza después de un proceso de supresión. El deseo se aplasta, el amor propio se borra, el ser individual se subordina a una entidad mayor (religión, tradición, ejército, patria, etc.).

Luego, se procede a someter a los otros.

El capitán Yonoi (Sakamoto) es un militar inteligente y disciplinado, que esconde su homosexualismo. Cuando conoce al oficial Celliers (Bowie), siente una fascinación inmediata por él, una devoción y un deseo incontenible.

Es el mismo principio que reina en el imperio de los sentidos donde en seres reprimidos, el deseo es una daga.

Celliers es un soldado que se rebela ante la injusticia y se dirige hacia su propia condena como prisionero.

Desde el inicio se sabe que va a morir.

El hilo conductor de la historia es Lawrence, interpretado por Tom Conti, un oficial inglés que sirve de puente entre la cultura japonesa y la cultura occidental. Él lo ve todo, a veces castigado, a veces acompañado por otro oficial japonés, el sargento Hara, interpretado por otro director emblemático, Takeshi Kitano.

La película pone en tensión el choque de culturas, de manera sutil, sin caricaturizar. Es un documento visual extraordinario, que ofrece un razonamiento sobre la guerra al que no acostumbra el cine norteamericano, europeo y las películas bélicas realizadas en América Latina.

La manera en la que está planteado el montaje es de una técnica implacable. Poesía en movimiento, como un Haiku.

Arte visual y narrativo en su máxima expresión.




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