Nothomb es un personaje. Probablemente un personaje que se disfraza de Nothomb para esconderse mejor. Esconderse de la notoriedad, sobre todo de la notoriedad del mundo francófono, donde con una mano acarician y con la otra, apuñalan.
En particular la notoriedad parisina, de la que se exilió Kundera.
Cada vez que aparece una de sus novelas, se publicita su personaje, esa especie de mujer excéntrica que parece salida de una película de Tim Burton. Y las ventas, funcionan, es una garantía, aunque los libros no siempre sean buenos.
Amélie Nothomb es una autora extremadamente prolífica y, naturalmente, en su excesiva producción, también escribe libros malos, que, el decadente mercado literario francés (decadente en calidad, exitoso en producción), promociona con todos los medios a su disposición. Nothomb es un negocio rotundo. No obstante, a diferencia de otros autores que venden como pan caliente sus novelas, y que son pura basura, ella es una escritora de verdad. Una escritora resguardada en la prisión de un personaje, que, gracias a su éxito comercial, se ha garantizado el privilegio de escribir.
Estupor y temblores es quizá uno de sus mejores libros. Transcurre en Japón, en el seno de una empresa donde una tal Amélie, belga, de 22 años, obtiene un contrato de trabajo para desempeñarse como traductora del francés al japonés.
Desde el inicio, la joven es humillada por sus superiores, que le hacen saber que no necesitan de su inteligencia ni sus capacidades y le encomiendan las tareas más estúpidas y vanas.
La novela, corta, un poco kafkiana, a través de las vivencias de esta joven, va exponiendo desde el interior de una estructura empresarial japonesa, el maridaje horroroso entre capitalismo y cultura tradicional nipona, capaz de reventar la dignidad y las resistencias de cualquier persona.
Las mujeres en ese mundo son gacelas que deben esconderse de las fieras.
Es una novela hecha con carne, con sangre, con sudor, aunque Nothomb lo disimule con sus metáforas, sus salidas humorísticas, sus habilidades narrativas. Como el vapor que se escapa de una olla de presión, el libro exhuma algo trágico y roto, de una historia que busca no ser patética, y no lo es.
Hay que tener en cuenta que Amélie Nothomb viene de la alta burguesía belga, de linajes viejos (donde la preservación de los apellidos y las alcurnias inevitablemente se preservan con fiereza animal), vinculados con la extrema derecha (la palabra Africa resuena muy fuerte). Su padre, diplomático, de hecho, estuvo secuestrado en el Congo por gente de Patricio Lumumba y se salvó de milagro en un rescate a último momento realizado por un comando belga.
La autora creció viajando, viendo el mundo desde la ventana de una cultura que se inventó el exotismo, un privilegio del colono.
Pudo haberse convertido sin ningún tipo de problema en una alta ejecutiva. Decidió estudiar literatura y dedicarse a labores que pusieran a prueba su inteligencia.
Punto y aparte. A los 17 años, la escritora sufrió una violación en Bangladesh. Obviamente algo así, rompe a una persona. Ella, los cristales rotos, los ha ido transformado en escritura.
Esos cristales desperdigados y también los de su historia familiar. Si se lee con detenimiento, las piezas se van juntando. Vale la pena entrar en su universo aunque en el camino se encuentre uno con libros medio desechables.
No este, que prueba lo buena escritora que también es.

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