Hay escritores que vuelcan las historias como si fueran canales que hacen resurgir ríos subterráneos.
En ellos las
historias fluyen, sin accidentes, sin artificios. Stephen King es de esa raza.
Durante años, su éxito comercial puso en duda su calidad como escritor, y así, atrayendo
a millones que quizá buscaban escaparse de la literatura de alto vuelo, King se
convirtió en un autor popular, que con el tiempo entrará sin duda al panteón de
los clásicos (si es que aún no está).
“Yo no busqué el mercado, el mercado me buscó
a mí”, se defendió siempre el autor, que, en el mundo de las hamburguesas
procesadas, siempre vendió carne de verdad.
El cine le dio
otro estatus, que si bien no hacía completa justicia a su trabajo, al menos lo
reconocía como un maestro de la estructura narrativa. King es mucho más que
eso. Es un referente cultural, más allá de la cultura pop.
Seguramente la película
más icónica basada en alguna de sus obras fue El Resplandor de Stanley Kubrick.
Si bien es una obra maestra, el libro tiene un alma que no pudo o no quiso ser
transmitida por Kubrick.
Todos recuerdan a
Jack Torrance, el personaje interpretado por Jack Nicholson, desquiciándose
(¿no parece loco desde el inicio?), a su hijo Danny y a su esposa Wendy, la
mujer de la cara aterrorizada, personaje interpretado por Shelly Duvall,
recientemente fallecida.
Sin embargo, ¿qué
tanto recordamos la historia interior de la película? Apuesto que no demasiado.
Sin caer en el lugar común de que los libros siempre son mejores que sus
adaptaciones cinematográficas, vale señalar que El Resplandor de King, ofrece un universo mucho más completo que el
de la cinta.
En el libro, Torrance
es un aspirante a escritor agobiado por fantasmas personales, en pugna por
recobrar la salud mental y la autoestima. Alcohólico, soñador, y rebelde. A los
treinta y tantos años, con una familia a su cargo, su vida siempre está a un
punto de despeñarse, debido, en parte, a un pasivo muy pesado. A través de
pasajes cortos y sumamente vívidos, King hace viajes de ida y de regreso en el
pasado de Torrance, donde retrata su infancia violenta, asediada por un padre tiránico
y alcohólico que hacía la ley aplastando a sus hijos y a su esposa.
Jack, en realidad,
nunca superó los traumas de su niñez, que gobiernan su vida de adulto. El hombre
se esfuerza por salir adelante, por sacar provecho de un cierto talento
literario, que le alcanza para mantener viva la esperanza de convertirse en
escritor, pero insuficiente para que el deseo se convierta en realidad.
Y aquí hay otro
drama, que King aborda oblicuamente, el del talento intermedio, de mirada larga
y piernas cortas.
El pobre Jack se
deja el pellejo luchando contra el imperio de la norma y de la normalidad, que lo tironea para tatuarle
en la frente la estampa de loser.
Está en una guerra
perdida de antemano, aunque quiere a su familia y ellos, a pesar de sus
complicaciones, lo adoran, sobre todo Danny, un niño especial, que sabe de la
debilidad de su padre y procura cuidarlo.
Es pobre, agobiado
por sus demonios, y vive una vida que le recuerda en cada instante su halo
fracasado.
Atraviesa una
etapa delicada, que amenaza con devolverlo de nuevo a la bebida, cuando surge
la oportunidad de trabajar durante el invierno en el Overlook, un hotel inmenso
en mitad del estado de Colorado, como encargado del mantenimiento.
En principio es un
trabajo fácil, porque no hay clientes, y se limita a seguir una serie de
procedimientos para mantener operativo el hotel durante los meses de tregua
invernal.
Lo toma como la
oportunidad para concluir una obra de teatro y servirse de ese tiempo para“despegar”
como escritor.
Comienza bien
Jack, pero los dados del hombre pequeño, de
antemano están malogrados. El Overlook es un lugar siniestro, diabólico, que se
lo va a tragar.
El hotel, dueño de
un alma propia (que no se percibe en la cinta como se percibe en la novela) lo despersonaliza
paulatinamente. King es un maestro y para quienes aspiramos a escribir, debe
ser lectura obligatoria.

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