Hubo una época en la
que se podían hacer películas como el discreto
encanto de la burguesía y artistas como Luis Buñuel, tenían carta libre
para hacer lo que querían. En 1972, cuando apareció en cartelera esta obra
maestra, se presentó como una comedia satírica, con tintes surrealistas, al
estilo Buñuel y Jean-Claude Carrière, el genio que escribía los guiones, y
probablemente el mejor cómplice del cineasta español. Ahora, una película como
esta ya no se podría hacer, por una razón que a los tomadores de decisiones les
gusta llamar: el factor riesgo.
Ese famoso factor riesgo engloba el tema económico,
la libertad y, algo más oscuro, la negación del arte. Detrás de la negación del
arte está encerrado algo muy peligroso: el desprecio a la inteligencia de las
personas, el hermetismo de la industria cultural (el término industria cultural
ya es una aberración) y la nula voluntad de construir espíritus críticos.
El cine europeo de
los años setenta todavía se contraponía a la idea hollywoodense de considerar
al espectador un cliente más.
El buen cine, que
lograba hacerse paso en las carteleras (ahora, apenas existe el buen cine en
Europa, en todo caso, es muy residual y se ha vuelto un feudo exclusivo de las
élites económicas e intelectuales) y era accesible a todo mundo, buscaba
sumarse a la crítica social, y añadir una visión del mundo que se engarzaba con
movimientos sociales y corrientes de pensamiento, sin convertirse en
panegíricos. Eran acontecimientos cinematográficos que reducían las
desigualdades culturales y ofrecían a bajo costo la posibilidad de apreciar
obras de arte. Una película de Buñuel o de Antonioni eran esperadas como acontecimientos
cinematográficos que cambiaban vidas.
Yo no viví esa
época, pero he conocido muchísimas personas a las que una película les marcó la
vida. ¿Cuánta gente no fue sensibilizada por películas como Sacco y Vanzetti, el Gatopardo o Amor y Anarquía? ¿Cuánta gente no afinó
sus criterios en cuanto a la existencia de las desigualdades, gracias a
películas como El ladrón de bicicletas, Peixoto,
Cinema Paradiso o Los olvidados?
Mucho antes de que
Hollywood primero, y el cine europeo, después, abordara (y casi siempre de manera
rentable) los derechos de las
comunidades LGTBI+, lo había hecho y yendo mucho más lejos, Fassbinder en los
setenta, solo por nombrar uno.
Otro aspecto
terrible es la segmentación por género: cine para mujeres, cine para la
comunidad LGTBI+, cine des-colonial, etc. ¿Qué sería de Agnes Varda, de Lina
Wertmüller si hubieran tenido que limitarse a hacer películas con enfoque de
género?
No se trata de
defender el pasado contra el presente, sino, simplemente de señalar, que, al
presente, el factor riesgo (aquí
también metemos la cultura woke), le cortó las piernas.
El discreto encanto de la burguesía es una de esas obras irrepetibles en todos
los sentidos. No es una crítica simple a los ricos, con moral, lecciones y
ética bien-pensante. Es una sátira, que reflejó el triunfo de la burguesía
frente a todos los valores.
Los personajes de
la cinta, no hacen otra cosa más que pertenecer y barnizar su sentido de clase,
para imponerse a todo. Y, lo hacen, apenas despeinándose porque el mundo se
pone a sus pies.
Cada personaje,
cada situación es ácida, divertida, ridícula.
La película tiene
un humor que atraviesa toda la sociedad burguesa, esa sociedad burguesa, que,
ahora, poco se critica, como si ya no existiera y como si, además, no fuera
necesario exponer y ridiculizar. Se necesita más arte buñuelesco, que tome
riesgos, que se burle de lo que se protege del ridículo para preservar su
poder, su jerarquía.
En Youtube se
puede ver gratuitamente la película, en una versión muy nítida.
El vínculo en youtube: https://www.youtube.com/watch?v=Ig4RUVv2U7c
.png)
Comentarios
Publicar un comentario