Rosa von
Praunheim, director de 81 años, ha sido uno de los cineastas más importantes
del llamado “nuevo cine alemán”.
Sus obras, desde los
años 70, retratan el mundo homosexual de su país, acompañando desde entonces la
evolución de sus derechos.
Mucho antes de que
la industria del cine descubriera que es rentable visibilizar a la comunidad
LGTBQI+, von Praunheim (Holger Bernhard
Bruno Mischwitzky es su verdadero nombre) ya filmaba obras maestras que
decían lo que poquísimos se atrevían a retratar. Ahora que resulta menos
difícil romper la censura, von Praunheim propone una cinta nada condescendiente
del mundo gay.
Sirviéndose de un suceso que estremeció Alemania hace
algunos años, el director reconstituye la cadena de asesinatos cometidos por un
joven homosexual, que les daba a sus víctimas una
droga mortal.
Lars, que vive la
mayor parte del tiempo una vida normal con su pareja, Roland, el líder de una
banda musical, un poco queer, un poco vaudeville, parece ser una persona de 37
años absolutamente dentro de las normas. El noventa por ciento del tiempo, de
hecho, lo es, salvo, cuando, algunas noches, sale a matar.
Entonces, se sirve
de la confianza de sus víctimas para administrarles la droga (con frecuencia,
diluida en bebidas) a sus víctimas, a las que deja muriéndose.
Lars está fascinado con la muerte, con la agonía.
Von Praunheim compuso
una película original, que no busca justificar los crímenes, mas entrar en la
mente compleja de este individuo.
El director recrea
de manera un poco surrealista, extractos del proceso judicial contra el asesino.
El director se
permite divagaciones y recursos hasta surrealistas que le dan una dimensión más
compleja a este criminal.
No fue una tarea
simple. Los motivos de Lars, en realidad, son bastante difusos, lo que lo
vuelve aún más peligroso.
La pulsión asesina
gobierna su razonamiento y también un deseo de llevar una doble vida. Durante el
juicio, es incapaz de explicar con claridad por qué mataba.
Sin embargo, no
parece ser, fuera de esos momentos, un psicópata. Roland, que llevaba varios
años viviendo con él (con altibajos), no sospechaba absolutamente nada.
Las actuaciones de
la película son soberbias, especialmente la de Bocivar Kocivski, un actor de
carácter, que fácilmente hubiera podido hacer un Taxi driver o nada le habría costado meterse en la camisa del tan
celebrado joker de Joachim Phoenix.
Von Praunheim
también parece abordar otro tema, y es el consumo de sustancias ilegales,
vinculadas al sexo, en una comunidad donde estas prácticas, al menos en
Alemania, parecen normalizadas.
La mente de un
psicópata siempre está buscando la falla del sistema. Lars descubrió que podía
matar con cierta impunidad en un mundo poco vigilado, donde las sobredosis no
son raras. Sus crímenes bien pudieron haber sido más sin algunos excesos de su
parte. Película inquietante, de difícil acceso, pero altamente recomendable si
tienen la oportunidad de verla.
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