Si las grandes épicas de guerra de Hollywood son una maquinaria de propaganda para rescribir la Historia, Civil War se adelanta en la propaganda de la anticipación.
La cinta de
Garland, quien, además de cineasta, también es novelista, trata sobre una
guerra civil en Estados Unidos, que ocurre en tiempo presente o en un futuro no
muy lejano.
Entre road movie y video juego, el espectador
acompaña a un grupo de periodistas que se encaminan a Washington, donde está el
corazón del conflicto.
Como en todas las películas
épicas, se va de umbral en umbral, atravesando las diferentes puertas del
infierno.
Los dos ejércitos,
indistintos, son los mismos estadounidenses, liberados por completo al fantasma
de la guerra.
Todo mundo tiene
permiso para matar. La cinta va un poco en la misma filosofía de La noche de la expiación (2013) de James
De Monaco, donde un gobierno totalitario instaura un día al año donde todos los
crímenes son permitidos.
Civil War aborda uno de los grandes imaginarios del cine de
Hollywood, la auto-destrucción y el apocalipsis total como consecuencia de la
caída de la democracia.
Los periodistas,
si bien, van en búsqueda de respuestas, los mueve la adrenalina, el apetito por
la acción.
La guerra parece
ser el momento que todos han estado esperando para probarse como personas. En
las películas de guerra tradicionales, la guerra tiene una explicación, y, bajo
la óptica maniquea del cine estadounidense, hay unos buenos y otros malos,
héroes y villanos.
Aquí no, todos
están cubiertos bajo una misma frazada, con un sentimiento que destaca y
subyuga a los demás, el deseo. Los personajes se mueven por un deseo que se procuran mediante la experiencia inmersiva.
Estados Unidos
quiere entrar en guerra, como se entra en un juego de videos, donde van
apareciendo los enemigos y los desafíos. La adrenalina ha sustituido a la
ideología como pulsión bélica.
Las razones de la
guerra son tan absurdas que ni siquiera vale la pena mencionarlas; de hecho, es
como si se hubiera entrado en guerra precisamente porque faltaba una,
faltaba acción.
La prensa, en su
papel habitual, es quien va construyendo el relato.
Vale la pena
verla, y dejarse llevar precisamente por la experiencia de inmersión.
Las actuaciones
son creíbles, y aunque no faltan las escenas de cursilería, es una propuesta
seria.

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