En Colombia, Mario
Mendoza, es un escritor que divide las aguas; celebrado y vituperado por partes
iguales.
La Academia suele
no tomarlo en serio, (al menos es lo que dice Mendoza) por no someterse a ningún
canon, añade. También, asegura el escritor, los cardenales de la cultura lo ven
de menos por escribir novelas para público joven, por aventurarse a escribir thrillers y, en definitiva, por ser un rotundo
éxito de ventas, que desafía el establecimiento cultural de un país que es de
médula elitista, con una Intelligentsia,
particularmente soberbia.
En cambio, tiene
un público que lo adora, que lo considera como el gran escritor de Bogotá y
como un faro de lucidez.
Tras más de una
decena de obras, el mundo de Mendoza ya está constituido. Se trata de un autor
prolífico, un intelectual libre, que no se muerde la lengua (sin jugárselas de
provocador) para decir lo que piensa, y decirlo con argumentos, y, ese es unas
de sus grandes virtudes, explicarlo con excelente pedagogía.
Mendoza es lucido
y profundo, imaginativo, apasionado. Es una inteligencia confiable, que
desenmaraña claramente la realidad intrincada de nuestras sociedades actuales.
Al escucharlo
hablar, su pasión se vuelve contagiosa y dan deseos, como lo ha hecho él, de
construir bibliotecas itinerantes, de ir a leer con los presos, de lanzarse a
derribar barreras sociales a través de la cultura.
Sus entrevistas,
que se pueden encontrar fácilmente en plataformas, son como asistir a cátedras
universitarias, pero no con esos maestros acicalados y soberbios, sino los
maestros que dejan huella.
Cada vez que he escuchado
una entrevista con Mario Mendoza, me he lanzado inmediatamente a leer su libro
de turno. Así descubrí Aquelarre, La
melancolía de los feos, Satanás o Buda
Blues.
Como se puede
intuir en esta reseña, formo parte del grupo que estima al escritor como
necesario, sin embargo, eso no quita que, como narrador, me resulte flojo.
Por supuesto, es una cuestión de opinión, pero sus libros me resultan esquemáticos, llenos de pasajes de relleno, con personajes que no transmiten emociones.
Lo siento inconsistente,
o bien, superficial o bien, profundo.
Hago una
distinción con él: un excelente escritor, con ideas fuertes que invitan a la
acción y al abandono de la indiferencia, y un narrador que no se sostiene.
Buda Blues es un viaje espiritual que se construye a partir
de un intercambio epistolar entre dos amigos. Hay un asesinato de por medio y
una secta poderosa y subterránea que tira de manera invisible, cuerdas que
sostienen el equilibrio social. Se presenta un mundo abigarrado, espiritual, de
personajes extremos, que van provocando los acontecimientos.
Hay una
intencionalidad en hacer figuras dostoyevskianas. El intento se queda
muy lejos. A mi gusto, transforma la novela en una ensalada (hay algo del cine de
John Carpenter, de Herman Hesse, entre otros) donde los ingredientes no
necesariamente combinan.
Lo positivo es
que, hay pasajes en los que la lectura social de Mendoza es realmente
fulgurante.
Reitero, es peculiar
el caso de Mendoza, un excelente intelectual, un tipo brillante (porque no cabe
duda que lo es), que se ha entregado en cuerpo y alma a la literatura, que ha
construido un universo de personajes, que tiene el ángel literario, pero quizá
no el don de la escritura.
Es posible ser un narrador inconsistente y un escritor brillante o, también, un narrador brillante y un escritor mediocre. El requisito es que exista un fondo, sino, simplemente se es malo en uno y otro aspecto, y ahí, ya nada es defendible.
Las opiniones
literarias no dejan de ser subjetivas y él éxito y la conexión de Mendoza con
sus lectores es una realidad. Buda Blues puede
ser una puerta de entrada o de salida al universo de este autor. A probar.

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