Eimear O’Callaghan era una colegial en 1972. Sus diarios pudieron haber sido los de Anna Frank.
Corrió con suerte,
porque, Belfast, entonces, era una ciudad asediada, donde explotaban bombas
diariamente. Desde fines de los sesenta, las tensiones entre el gobierno inglés, paramilitares pro-Inglaterra y los movimientos ciudadanos y republicanos irlandeses, esencialmente norirlandeses,
se habían descontrolado.
Los ataques
frontales y abusos del gobierno inglés, particularmente contra la comunidad
católica de Irlanda del Norte, se habían intensificado. Las colonias británicas llevan pocos años desmanteladas, e Inglaterra, herida, hacía pagar a Irlanda (la Irlanda que buscaba emanciparse) sus frustraciones imperiales.
La violencia de su política exterior se condensaba en los barrios católicos de la vecina Irlanda del Norte, de apenas 14 mil kilómetros cuadrados. El gobierno inglés no hablaba de guerra, empleaba un eufemismo que finalmente se impuso, the troubles, los disturbios, arguyendo que el término guerra no cabía, pues no se libraba un conflicto entre un estado y otro.
Nada de eso: era una guerra.
Eimear vivía en un barrio expuesto y durante un año, se dedicó a escribir unos diarios en forma de crónica, donde volcaba su vida en medio de esa vorágine de violencia.
A partir de notas de prensa, televisión, programas radiales, vivencias personales o de gente próxima, la joven fue construyendo un registro de la guerra en su año pico.
En 2022, con
motivo de los 50 años después del Domingo
Sangriento (cuando el ejército inglés mató a 13 manifestantes en la ciudad
de Derry, acontecimiento que catapultó el conflicto armado), O’Callaghan editó sus diarios, revisados, con la mirada actual de la mujer adulta y tras 24 años de los acuerdos de paz.
Estos diarios son
un documento muy valioso, escrito con una gran precisión. Belfast Days es una inmersión en el Belfast de esos años, observado
bajo el prisma de una adolescente temerosa de su vida y la de su familia.
Como una nota al margen; este año
he estado sumergido en la historia de este país, por razones literarias. Escribí
una novela que en parte se centra en Irlanda del Norte y para documentarme,
este fue uno de los libros que consulté. Al leerlo ratifiqué algo en lo que
siempre he creído: la importancia de documentar, desde la ciudadanía, los
acontecimientos sociales.
En su libro, O’Callaghan, pretende quitarse importancia al comentar que en esos años era muy común que los jóvenes llevaran diarios “de guerra”. Seguramente sea el caso, sin embargo, su relato consiguió superar la prueba del tiempo.
Lastimosamente, no son accesibles en castellano.
Algo que también me evocó su lectura, es la necesidad de fomentar más talleres de redacción entre las comunidades ubicadas en zonas de conflicto.
Las imágenes efímeras de las redes sociales, los tweets, tienen un valor documental, pero carecen de profundidad, y, sobre todo, están desprovistas de algo esencial en la construcción de una crónica social ciudadana, la visión de mundo.
Un diario como este o como el de Anna Frank, son ricos gracias a su carga de subjetividad. Y a diferencia de lo que se publica en las redes, no es la continuidad de una madeja narrativa promovida en cadena.
De paso, una
ciudadanía que no entiende la escritura como herramienta de emancipación, es
incapaz de avanzar.
La Irlanda del
Norte de los años sesenta y setenta fue precursora de los movimientos cívicos
ciudadanos, que se retroalimentaron con otros movimientos del mundo (incluidas
las experiencias centroamericanas) y en una joven como Eimear, se siente ese
bagaje.
Al escribir sus
diarios, estaba luchando, desde su trinchera, por la justicia social. Las preguntas
que se hace sobre los derechos humanos son precisamente las que los políticos entonces y ahora tratan de evitar.
Para quienes
pueden leer este libro en inglés, vale la pena buscarlo.
Urgen
publicaciones de este tipo en América Latina.

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