Nuestra contemporaneidad ya no escatima
adjetivos. Adjetivos como “genial”, “brillante”, “escalofriante”,
“irreverente”, han sido vaciados de su contenido.
Que
de lejos parecen moscas (editorial
Alfaguara) ha sido catalogada como una novela de culto. También fue promovida como tal en Francia y Alemania.
Después de leerla, busqué más sobre ella y
me encontré con una larga entrevista en Youtube, promocionada por Telefónica de España.
El conductor ensalza la novela y asegura
que su final es extraordinario. Vi tres o cuatro minutos de entrevista que me
bastaron para entender que era un simple acto de venta.
Siempre me cuesta entender que los libros
se vendan como productos intachables y casi perfectos. El mercado es tan
miedoso y desprecia tanto la inteligencia de la gente, que ya no se permite
criticar un libro, por miedo a que no se venda, un argumento de una estupidez
absoluta.
El libro es, por su naturaleza, una obra
imperfecta y perfecta en su imperfección, y para vivir, necesita críticas, no
mentiras.
Al libro no se le debe buscar la redondez
de la esfera ni el efecto limpiador de una pasta dental.
Dicho lo anterior, Que de lejos parecen moscas es una novela bien escrita, sin huecos,
ideal para entender lo que es el punto medio entre la economía del lenguaje y
el color del estilo. Kike Ferrari hizo, a mi gusto, una novela como las de
Amélie Nothomb, la escritora belga súper ventas, que escribe con eficacia,
estilo y con una gran capacidad para atrapar al lector gracias a su capacidad
para subordinar oraciones, párrafos, ideas, ambientes y extraer de ellos, al
final, un hilo con el que amarra la historia. Es literatura con un buen riff.
La novela sigue una escaleta de sucesos,
va presentado poco a poco al personaje, alimentando en el lector una idea del
ambiente, ofreciendo, de manera más o menos velada, elementos para ir
comprendiendo la historia que se va hilvanando. En el camino, va pintando a una
derecha podrida, capaz de abortar personajes semejantes como el protagonista de
la historia.
Ferrari nos propone un retrato movible
gracias a una situación, a un nudo o trama o como quiera llamársele.
Un muerto. Un muerto del que hay que
deshacerse. La novela se va incinerando a sí misma hasta llegar al final.
El personaje parece salirse con la suya
hasta que, en ese final, que no es especialmente brillante ni excepcional, como
se ha querido vender (estoy seguro que el mismo autor no lo considera
especialmente extraordinario) nos damos cuenta que el tipo no puede salirse con
la suya. El pasado no se elimina con queroseno o con cocaína y sexo.
El pasado está ahí, esperando para
acecharnos cuando menos lo esperamos. Es una novela entretenida, eficaz, bien
escrita. La recomiendo para estudiar una manera de escritura rápida, infalible,
cinematográfica.
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