Que de lejos parecen moscas (Kike Ferrari, 2009)

 

Nuestra contemporaneidad ya no escatima adjetivos. Adjetivos como “genial”, “brillante”, “escalofriante”, “irreverente”, han sido vaciados de su contenido.

Que de lejos parecen moscas (editorial Alfaguara) ha sido catalogada como una novela de culto. También fue promovida como tal en Francia y Alemania.

Después de leerla, busqué más sobre ella y me encontré con una larga entrevista en Youtube, promocionada por Telefónica de España.

El conductor ensalza la novela y asegura que su final es extraordinario. Vi tres o cuatro minutos de entrevista que me bastaron para entender que era un simple acto de venta.

Siempre me cuesta entender que los libros se vendan como productos intachables y casi perfectos. El mercado es tan miedoso y desprecia tanto la inteligencia de la gente, que ya no se permite criticar un libro, por miedo a que no se venda, un argumento de una estupidez absoluta.

El libro es, por su naturaleza, una obra imperfecta y perfecta en su imperfección, y para vivir, necesita críticas, no mentiras.

Al libro no se le debe buscar la redondez de la esfera ni el efecto limpiador de una pasta dental.

Dicho lo anterior, Que de lejos parecen moscas es una novela bien escrita, sin huecos, ideal para entender lo que es el punto medio entre la economía del lenguaje y el color del estilo. Kike Ferrari hizo, a mi gusto, una novela como las de Amélie Nothomb, la escritora belga súper ventas, que escribe con eficacia, estilo y con una gran capacidad para atrapar al lector gracias a su capacidad para subordinar oraciones, párrafos, ideas, ambientes y extraer de ellos, al final, un hilo con el que amarra la historia. Es literatura con un buen riff.

La novela sigue una escaleta de sucesos, va presentado poco a poco al personaje, alimentando en el lector una idea del ambiente, ofreciendo, de manera más o menos velada, elementos para ir comprendiendo la historia que se va hilvanando. En el camino, va pintando a una derecha podrida, capaz de abortar personajes semejantes como el protagonista de la historia.

Ferrari nos propone un retrato movible gracias a una situación, a un nudo o trama o como quiera llamársele.

Un muerto. Un muerto del que hay que deshacerse. La novela se va incinerando a sí misma hasta llegar al final.

El personaje parece salirse con la suya hasta que, en ese final, que no es especialmente brillante ni excepcional, como se ha querido vender (estoy seguro que el mismo autor no lo considera especialmente extraordinario) nos damos cuenta que el tipo no puede salirse con la suya. El pasado no se elimina con queroseno o con cocaína y sexo.

El pasado está ahí, esperando para acecharnos cuando menos lo esperamos. Es una novela entretenida, eficaz, bien escrita. La recomiendo para estudiar una manera de escritura rápida, infalible, cinematográfica.   

 No he visto la película (que salió en 2023). Pero si una cara le iba al personaje de Macchi, es la de Ernesto Alterio. 




Comentarios