Plegarias nocturnas, Santiago Gamboa (2012)

 

Plegarias nocturnas apareció en 2012, dos años después de que Alvaro Uribe concluyera su mandato presidencial. Es decir que, probablemente, Gamboa inició la escritura del libro con Uribe aún en el gobierno. Esto es importante tenerlo en cuenta al leerlo, porque fue realizado en “caliente”, lo que significa que las impresiones no fueron retocadas por reflexiones ulteriores.

Claramente, Plegarias nocturnas, busca describir los horribles y violentos años del uribismo, presentándolos como el contexto de fondo, el escenario totalizador que influye en la vida de cada uno de los personajes.

Asusta la Colombia que presenta, asusta porque la exhibe como un país de un peligro racional, razonado, y carburado por el sexo puramente instintivo, las drogas, el apetito descontrolado por la violencia y la autodestrucción. Y todo esto con un fondo colorido, donde la violencia se consuma queriendo ser verraca o bacana, por hablar en clave colombiana.

De nuevo, como en cada tiranía, salta el tema de la banalidad del mal. Gamboa deja entrever que una masacre en ese país, en esos años, o hasta una política pública podía concebirse y consumarse por un simple antojo sexual o en el calor de los tragos o la cocaína. A partir de las descripciones del novelista, uno se puede imaginar perfectamente a esos tipos del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad) haciendo fiestas interminables y luego yendo a aniquilar personas.

¿Qué fue el uribismo? Esa es una pregunta que sigue siendo peligroso responder, porque, sin duda, el uribismo se mantiene vigente. No hablamos de un modelo superado, sino de una forma de entender y llevar a cabo la violencia, que no es exclusiva de Colombia y que, de paso, ha hecho escuela.

En términos de la construcción de la historia, la novela hace pensar en Cuando éramos huérfanos de Kazuo Ishiguro, por la movilidad de los personajes, por las idas al continente asiático, que aportan un exotismo ensoñador.

Como crítica, Gamboa, por momentos, quiso ser demasiado abarcador y forzó algunas situaciones, volviéndolas artificiales. El escritor, a mi juicio, conduce a ciertos personajes hacia desenlaces que imagina o quiere proponer, pero que no necesariamente van acorde con la evolución de los personajes. No sé si construyó su novela anticipando las etapas, no obstante, creo que en algunos tramos desoyó a sus propios personajes para alinearlos a la organización de la historia.

¿El autor debe dejarse conducir por sus personajes? ¿Los personajes deben insertarse forzosamente en las correntadas de la historia?

Es un juego delicado. Creo que cuando un personaje comienza a cobrar vida, da señales de cuál es su propio ritmo, su música interior. Cuando los autores desoyen completamente a sus personajes, los lectores, que han integrado la música interior, muchas veces mejor que los propios autores, perciben una sensación de incoherencia que no debe tener un personaje, a menos, que sea pensado de manera voluntaria.

Hay personajes que, por ejemplo, son concebidos para jugar un determinado rol, y a medio camino, el autor descubre que no están hechos para ese rol, que se le resisten. Están los autores que prefieren no escucharlos, para no modificar sus desenlaces, otros, que se dejan llevar y otros, que llegan a acuerdos de escritura.

El autor tiene a la mano la gran posibilidad de reescribir pasajes antes de entregarlos a imprenta. La rescritura es un proceso de concilio entre los caminos propios del personaje y la voluntad del autor para proponer una historia.

Dicho lo anterior, vale la pena leer buscar la novela.












Comentarios

  1. Felicidades Manuel !!! Hoy si logré abrir el link … adonde se encuentra el libro ???

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